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Maite Fernández

Mirando, para no preguntar

Maite Fernández

El exceso de una sonrisa

¿Por qué alguien querrá sonreir eternamente? Tal vez para disimular un dolor igualmente desproporcionado. Todo en él es excesivo: su estética, su dicción, su violencia, su inteligencia, su gestualidad. Joker, Guasón para los latinos, es el único personaje capaz de anticiparse a la lógica del héroe, incluso llega a confundirle y a vencerle. En cierta manera es psicológicamente superior a Batman. No está sujeto a las leyes de la ética ni se siente apremiado por ningún aspecto moral. Es libre para el mal. Pero imprescindible para el equilibrio del karma: si el villano no existe, no hay razones para que exista el héroe.

Batman es elegante, serio, parco en palabras, casi circunspecto, honorable, puntual siempre de negro… Guasón con su sonrisa permanente, sus alborotadoras carcajadas, sus largas conversaciones llenas de verdades entremezcladas que buscan justificar en el absurdo cualquier cosa, lleno de color y vitalidad… Dos personajes, dos mundos, irremediablemente distantes pero inevitablemente necesitados el uno del otro. Algo une a Batman y Joker: el dolor. Un dolor alojado en el interior de su mente o de su alma (si es que la tienen).

El personaje de Joker ha sido desde el principio mucho más que un icono pop de la violencia. Es la maldad en forma de payaso, la mitología desquiciada de un espíritu provocador y de un desenfreno expresivo. Tanto que para los actores que le han dado vida, ha sido el vehículo ideal para desatar sus recursos interpretativos más extremos. El exceso de una sonrisa.

Jack Nicholson, a finales de los 80, de la mano de Tim Burton, convirtió al personaje en todo un fenómeno sociológico de la época. Era arrollador, saltarín, de burla hiriente, simpático hasta aterrorizar. «Señores, vamos a ampliar nuestras mentes», decía al irrumpir en el Museo de Gotham con la música de Prince. Era un personaje salido de las cloacas, hecho a la medida de las cloacas, con los elementos de las cloacas, pero sobre todo un humano repleto de resentimientos.

Con El caballero oscuro Christopher Nolan hizo que sus personajes fueran más reflexivos, con diálogos casi metafísicos. Heath Ledger se mimetizó con un sádico sociópata, un perturbado sin conciencia ni escrúpulos para el que no existen límites. Dice su leyenda que se esforzó tanto por crear el personaje que se le cambió el carácter y tuvo que medicarse. Un personaje atormentado por un caótico mundo interior. Una interpretación brillante que le valió un Oscar a título póstumo (murió antes del estreno de la película por una sobredosis de medicamentos). Siempre he sido muy fan de ese Joker poco maquillado de Ledger. Entraba por la piel, su mirada era casi hipnótica, un imán, atractivo como un despeñadero. Inigualable.

Pero ahora otro Joker nos arrolla. Acabo de ver el Joker de Todd Phillips y, ya os lo advierto, Joaquin Phoenix tendrá su Oscar. En esta precuela de la serie de Batman (en la que vemos al niño Bruce Wayne y la muerte de sus padres) hay todo un trabajo de psicología enferma que desafía los límites de la moralidad. Ahora Joker es más humano y no es super villano. Por eso es más adorable y temible. Su presencia lo inunda todo. Su esfuerzo interpretativo tanto físico como corporal muestra que hay muchos recovecos oscuros es ese personaje del cómic. La «locura» como símbolo de nuestra sociedad degenerada. No creo que, como dicen algunos, sea un canto a la violencia como repuesta política. Aunque es una película violenta, socialmente violenta.

El propio Phoenix decía antes de su estreno: «No es una película de superhéroes, un súper villano o un ser humano con poderes especiales». Su Joker es sólo un ser humano, tal vez un pobre loco incomprendido que acaba convirtiéndose en sociópata/psicópata. Y la reflexión a la que parece llevarnos es si no hemos creado una sociedad sin empatía que no se preocupa por los problemas reales de la gente y que termina siendo la auténtica culpable de que aparezca el villano.

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