06 de noviembre de 2019
06.11.2019

El gran pez

06.11.2019 | 19:38
El gran pez

No seré yo quien niegue el traspié institucional y el legítimo derecho de la ciudadanía a manifestar su hartazgo tras el intento fallido de formar un gobierno de coalición. Los vaivenes de la Historia imponen generaciones aburridas de no votar y generaciones exhaustas de lo contrario. Tal es la paradoja de un país todavía joven en la praxis democrática.
En mi opinión, el dilema podría quedar resuelto de la siguiente manera: la irresponsabilidad de no formar gobierno se ve compensada por la responsabilidad de no haberlo formado a cualquier precio.

La democracia nos obliga a gobernar apoyados siempre en el sentir mayoritario. Y cuando ese sentir, o ese pensar, no nos llega de una manera clara y evidente, hay que abrir las ventanas y hacer que corran los votos. Me pregunto qué hubiera pasado si José Maria Aznar, antes de embarcarnos en la maldita y cruel invasión de Irak, hubiera sometido su decisión a la incontestable sabiduría de la papeleta electoral. Estamos de acuerdo ¿verdad?

Elecciones, pues ¿A quién voto? ¿Voto lo mismo que hace seis meses? Calculo que en ese margen de indecisión oscilan no menos de cuatro millones de españolas y españoles si depuramos el voto ideológico, el de compromiso y el de castigo. Millones que son, sin duda, objeto de deseo en un campo de batalla política contaminado por la prensa militante y las redes sociales. En la guerra electoral ya solo concurre la feroz necesidad de no morir. Lo demás (oferta programática e interés general) se torna material subalterno, al menos para algunos que no cabe ni identificar puesto que se les reconoce a la legua.

Creo que nada de lo visto hasta ahora va a ser comparable a lo que veremos en los próximos días.
En la misma proporción que faltarán banderas nacionales para cubrir los impostados patriotismos de los unos, sobrarán derrames de pedigrí izquierdista de los otros. En el centro de todos los odios, expuesto al fuego cruzado, aparece el candidato 'primus inter pares'. A Pedro Sánchez le pasa lo que al gran pez de El viejo y el mar de Hemingway: los tiburones le atacan por todos los flancos y a cualquier hora. Nunca en democracia se vio un escenario tan hostil. Nunca hubo tantos tiburones acosando una misma presa y con tanto ensañamiento.

A Pedro Sánchez jamás le regalaron nada. De hecho, ha recibido más leña que agasajos durante su carrera política. Está acostumbrado a las batallas. Y tras él hay un partido elástico y motivado, capaz de adaptarse a las diversidades de una España plural, ancha y cambiante. Los rancios de siempre, seguidos por los oportunistas de nuevo cuño, intentan retratarle en mala posición: hoy es el enemigo de la patria, mañana será el culpable de haberla defendido. En sus oponentes ya no hay ideario político, solo delirio destructivo. Un delirio tan infundado como estéril. El gran pez del viejo llegó muerto y descarnado a puerto. Pese a las dentelladas, Pedro Sánchez llega vivo y coleando. Nos vemos el 10N votando por nuestro querido país.

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