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Julio Monreal

Ni un solo motivo de satisfacción

Todo queda como estaba. O peor en cuanto a gobernabilidad. La repetición de las elecciones deja un parlamento aún más diverso y atomizado, con mayor presencia de nacionalistas y regionalistas y más de 50 diputados de la ultraderecha de Vox. Si durante los últimos 40 años los populares han mantenido en su seno, sin demasiada presencia pública, al ala extrema de los conservadores españoles, las costuras se han roto y los que representan la intransigencia y la reacción se exhiben victoriosos y orgullosos ante una democracia de la que toman alimento para socavar los principios que la sustentan.

Pedro Sánchez ha ganado las elecciones y ha salvado los muebles de su propio partido, pero deja un campo de batalla embarrado y con muchos puentes dinamitados. Unidas Podemos tiene ahora menos escaños que en abril; Más País/Compromís ha salido rana por la intrascendente aportación de Íñigo Errejón y las cosas están más tensas tanto con el PNV como con Esquerra Republicana de Catalunya, un partido que no puede permitirse apoyar una hipotética investidura del líder socialista mientras su presidente, Oriol Junqueras, se mantenga en prisión tras ser condenado en la sentencia del procés.

Como las cuentas continúan sin salir, Sánchez hizo anoche un llamamiento a todos los partidos de principios democráticos (abstenerse Vox) para que actúen «con responsabilidad y generosidad» y faciliten la constitución de un Gobierno liderado por él mismo. Es decir, que Unidas Podemos, Ciudadanos y el Partido Popular, principalmente, quedan convocados a votar sí o a abstenerse en la investidura que viene, que será tan difícil o más como la que fracasó provocando la repetición electoral.

Los populares de Pablo Casado, partiendo del peor resultado de su historia, han cosechado un avance apreciable que, aún así, no justifica la euforia del líder conservador. Se han deshecho de Ciudadanos pero han permitido que el monstruo que ellos mismos han alimentado en su seno durante cuatro décadas les eche ahora su aliento pestilente sobre el hombro y les amenace con un nuevo sorpasso del que ya se veían libres. Los ultras se convierten en primera fuerza política en Murcia y superan al PP en Andalucía. Finalmente, el doberman se ha liberado de su correa y ahora campa a sus anchas por la piel de toro sin que nadie le plante cara o le ponga el bozal.

Mientras tanto, Albert Rivera esquiva la dimisión que le debe a su partido y a sus votantes convocando un congreso extraordinario. Muchas veces ha exigido responsabilidades políticas a sus distintos oponentes, y ahora que le llegaba el turno de asumirlas se escurre como una anguila.

No hay un solo motivo para la satisfacción. Incluso los que ganan han perdido. La participación ha caído con respecto a abril, remarcando una línea de desánimo y hastío que hace mella en la gente más joven, aunque la ciudadanía valenciana merezca una mención singular por haber votado con índices superiores a la media española. Habrá Gobierno en solitario, de coalición o de gran coalición, pero lo que está sobre la mesa, por desgracia, es que España ya tiene ultraderecha al estilo europeo, y son el 15 % (y el 18,5 % en la Comunitat Valenciana).

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