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No puedo evitarlo

Nos está quedando un país de lo más polarizado. Como cuando de pequeños alguien nos hacía la pregunta fatídica de: «¿A quién quieres más? ¿A papá o a mamá?», y tú respondías: «A los dos», pero insistían con un: «Seguro que a uno un poco más». Y tú, finalmente, susurrabas el nombre del que mejor te caía en esa época. Parece que ahí andamos y que poco hemos avanzado. Hoy, para nuestra gran desgracia, si eres de un bando, no puedes apreciar nada bueno del otro. Es más, mejor si lo odias. O eres de una bandera, o eres de otra. O eres el Cid Campeador, o eres Tirant Lo Blanc. O defiendes un modelo de Estado, o eres un paria. Nada nuevo bajo este sol: o estás conmigo, o estás contra mí. Continuamos anclados en las chiquilladas. Y, a veces, crecemos un poco y parecemos adolescentes. Como Pedro Sánchez y Pablo Iglesias abrazados tras la pantomima del acuerdo. Una estampa que recuerda a la imagen de los jóvenes que, con un par de copas de más, exaltan su amistad a altas horas de la madrugada de un sábado noche. Si se hubieran querido tanto hace medio año, nos habríamos ahorrado muchas horas de farsa y sainete, millones de euros y un sinfín de desilusión. Seis meses después, Pablo Casado ha hecho sus deberes y se ha reconciliado con sus mayores; Albert Rivera se va con su mascota, Lucas, a otra parte y unos marchan arriba y abajo cortando autopistas y poniendo cortapisas a la libertad individual. Mientras, otros gritan «A por ellos». Uy.

Uno de los mejores consejos que me dio un gran psicólogo fue volver a ver Las amistades peligrosas, de Stephen Frears. Concretamente, la escena en la que John Malkovich deja a Michelle Pfeiffer. Valmont se ha acabado enamorando de Madame de Tourvel, pero el amor no entra en las pautas del juego impuestas por Glenn Close, Marquesa de Merteuil. Así que, la marquesa le da la regla de oro para acabar con la relación: repetir «no puedo evitarlo». Cuando Pfeiffer le pida explicaciones y le rebata su decisión, él responderá con la misma expresión, una otra y vez. Porque es una frase emocional. Tanto, que no admite réplica. Sin réplica, no hay diálogo y cuestionar una emoción es una pescadilla que se muerde la cola. Solo acarrea frustración. Lo peor que podría haberle sucedido a Valmont era razonar con ella, porque razonando se habría puesto en evidencia. Ante el ridículo, mejor quedar como un donjuán profesional.

Los vítores de «A por ellos, oé» me traían buenos recuerdos. Me recordaban a Iniesta, a una noche de verano y al gol que convertía a la Selección Española de fútbol en campeona del mundo. Grandes. Ellos eran los jugadores holandeses, el terreno de juego y 90 minutos. Nada más. El domingo, tras conocer los resultados electorales, se oyeron los mismos cánticos, pero con diferencias sustanciales. Quienes los cantaban simpatizan con un partido político que promueve la polarización y cuestiona los derechos fundamentales. Preocupa la banalización del odio, la falta de razón y la inseguridad de que solo ellos saben quiénes son los ellos a por los que hay que ir. De momento, todo se resume en un: o estás conmigo, o estás contra mí. Ellos tampoco pueden evitarlo.

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