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Maite Fernández

Mirando, para no preguntar

Maite Fernández

Un país digital

En 1991 era un país que acababa de conseguir su independencia. En medio de una crisis económica, sin apenas infraestructuras. Tenían todo por hacer: redactar una constitución, organizar las instituciones del nuevo estado, establecer sus normas, su sistema legal… sin apenas presupuesto. Hoy, 18 años después, Estonia es el país digital por excelencia, uno de los más avanzados tecnológicamente hablando. Es un país construido por ingenieros informáticos y protegido por las grandes tecnologias como la inteligencia artificial y el blockchain. Tanto que la OTAN ha instalado el Centro de Excelencia de Cooperación en Ciberdefensa (su sede de seguridad cibernética) en su capital, Tallín.

El primer país digital del mundo. Cualquier trámite con la administración (solicitar una beca o una subvención, abrir una cuenta corriente, solicitar una receta, tramitar una licencia, registrar un nacimiento o una defunción…) puede hacerse por internet. Tan sólo las operaciones inmobiliarias, casarse o divorciarse requieren presencia física. Y aunque parezca increíble, los ciudadanos son los únicos dueños de sus datos. Cualquier uso indebido está considerado un delito y se castiga con enormes sanciones.

En Estonia cada ciudadano cuenta con una tarjeta de identidad nacional con un chip electrónico que les permite, tan sólo con una conexión a Internet, votar, hacer la declaración de la renta, registrar una empresa, acceder a su historial médico, renovar su carnet de conducir… Incluso la entrada en vigor de una ley precisa únicamente que el primer ministro estampe su firma digital en una pantalla.

Un país volcado en el sector servicios que educa a los niños en robótica, impresión 3D, inteligencia artificial para que estén tecnológicamente preparados. Un país que también abre sus puertas digitales a ciudadanos de cualquier rincón del mundo para que puedan allí hacer negocio y generar riqueza (real, no virtual). Es lo que se conoce como residencia virtual. El Estado estonio emite un documento de identidad digital trasnacional, con el que cualquier persona puede gestionar un negocio internacional de una manera sencilla y sin tener que pisar jamás Estonia. Cada semana se dan de alta más e-residentes que niños nacen en los hospitales. Personas que no necesitan de atención sanitaria ni de plazas escolares pero que pagan impuestos por las empresas que gestionan desde la red. Estonia es el paraíso digital.

Y ¿a qué viene todo esto? Pues a que a nuestro país le queda mucho por recorrer todavía para llegar a situarse a la cola de lo que Estonia a conseguido. Entre otras cosas, ese modelo de digitalización supone un ahorro del 2% de su PIB anual en salarios y gastos. Y por supuesto hace más accesible la administración para los ciudadanos eliminando la temida «ventanilla» y el farragoso e interminable papeleo. Pero no es todo perfecto, sin duda.

Este país báltico es el modelo a seguir por los independentistas catalanes. La tecnologia es uno de los instrumentos con los que trabajan para armar su propia sociedad digital con el control de los datos de sus ciudadanos. Ya han iniciado el proceso de registro de sus habitantes y se preparan tecnológicamente tanto desde la administración como desde la sociedad civil (un claro ejemplo es Tsunami Democràtic, tecnológicamente diseñado con muchísima precisión y con importantes cortafuegos de seguridad).

Corren nuevos tiempos en los que la «fuerza digital» permite que los centros comerciales conozcan en tiempo real cuántas personas pasean ante los escaparates de las tiendas o cuantas entran a comprar y cuanto tiempo dedican a ello, o que el propio INE rastree nuestros móviles para conocer cómo nos desplazamos, si empleamos transporte público o no, y dónde nos encontramos en cada momento.

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