Es probable que ya haya oído que hoy se celebra el Día Mundial de la Filosofía. La Unesco decidió en 2002 dedicar al menos un día al año a la Filosofía, que se celebra siempre el tercer jueves del mes de noviembre. Con ello pretendía recordarnos a todos la importancia de la reflexión filosófica para analizar críticamente el mundo en que vivimos y poder tomar así mejores decisiones individuales y colectivas. Se podría pensar que dedicar un día al año a la Filosofía es casi como recordarnos que los otros 364 nuestras sociedades la ignoran; que a la reflexión no le va demasiado bien en el mundo de las nuevas tecnologías, los tuits y las prisas. Pero a los filósofos les queda el consuelo de saber que incluso en la antigua Grecia, esa época que asociamos directamente con el éxito de la Filosofía, tampoco las cosas les fueron tan bien. Basta recordar la anécdota del filósofo Menedemo.

De paso por Chipre, fue invitado por el rey tirano de la isla a asistir a la fiesta que mensualmente daba en su corte y a la que solía invitar a los filósofos para darle realce. Estando ya en la fiesta, Menedemo comentó que si reunir a los filósofos era algo notable debía hacerse todos los días y que no tenía sentido en cambio hacerlo tan solo un día. El tirano le respondió que únicamente durante ese día tenía tiempo para atenderlos. Entonces Menedemo, reconocido tanto por su talante severo como por su libertad de palabra, insistió en que a los filósofos había que prestarles atención en todo momento. El tirano se encolerizó ante la audaz réplica del filósofo y el relato que nos ha llegado cuenta que gracias a un flautista que se puso a tocar justo en ese momento el ambiente se relajó, porque no hubiera sido extraño que el tirano hubiera condenado a muerte a Menedemo por su osadía.

De hecho, algo parecido le ocurrió al más famoso de los filósofos antiguos, Platón, durante su visita a Sicilia, cuando fue invitado a Palacio por el tirano de esta isla, Dionisio. Interrogado por este, Platón le dijo sin ambages lo que pensaba: que la condición del poderoso nunca debe depender del derecho del más fuerte sino de la virtud. Dionisio le reprochó que sus palabras eran más propias de la vejez que de la sabiduría; y Platón le respondió que las suyas lo eran del deseo ilimitado de poder. El tirano se enfureció sobremanera ante la audacia del filósofo y, seguramente, también por la verdad de sus palabras. Esta vez fue la intervención de unos conocidos comunes la que evitó que Platón fuera sentenciado a muerte allí mismo y que el tirano se contentase con condenarlo a ser vendido como esclavo, como de hecho ocurrió.

Así que, aunque a la Filosofía no le vaya bien hoy en día, tampoco los filósofos corren en absoluto riesgos como estos. Para empezar, nadie invita hoy a un filósofo a una fiesta para darle realce. Desde los tiempos de los salones ilustrados que esto no se estila. Ni tan siquiera valen para dar brillo a un debate televisivo. Sus razonamientos son lentos e intrincados, carecen del atractivo de la ocurrencia fácil y, sobre todo, no quitan la palabra a sus interlocutores ni elevan la voz, con lo que no dan ocasión al presentador para ir todos a publicidad. En fin, no son nada glamorosos, así que mucho mejor pues invitar a una influencer cualquiera.

Afortunadamente para ellos, tampoco cabe riesgo alguno de que sean condenados a la esclavitud, sencillamente porque los poderosos ya nunca los escuchan ni mucho menos los llaman a Palacio. Desde que Maquiavelo aclaró que para el poderoso es mejor la apariencia que la verdad, quienes entretienen y aconsejan a los políticos son sus nuevos asesores. Unos gurús ocultos que, lejos de atender a la verdad, la virtud o el bien general, manejan sus tablas de datos y susurran a oídos de los poderosos lo grandes que son, cuándo les interesa convocar elecciones o lo que han de difundir en sus tuits. Lo peor que les puede pasar a ellos es que pierdan sus sueldos dorados o hayan de cambiar de líder.

Así que, aunque a los filósofos les pueda parecer poco, es más que suficiente con que se les dedique un día; no vaya a ser que con sus graves verdades nos estropeen la fiesta, nos incomoden o nos distraigan de nuestras preocupaciones. Y además así ellos evitan correr cualquier riesgo. Todos contentos pues con un jueves al año.