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El futuro del trabajo

En estos días sólo oímos e incluso hablamos del posible pacto político que proporcione a este país la formación de un gobierno y ello, a pesar de la incertidumbre de si será o no estable y de si se mantendrá durante toda la legislatura. Sin restarle la importancia que tiene, me cuestiono si hay pactos en minúscula y pactos en mayúscula en relación a su duración y a la incidencia que tienen en el monto de la población.

Vivimos sumidos en nuestra cotidianeidad, y en ella hay un aspecto esencial que es el trabajo. No en vano y por lo que se refiere a España, nuestro trabajo o su opuesto, el paro, es la primordial preocupación que tenemos como así lo reflejan las reiteradas y últimas encuestas del CIS. Según la generación a la que pertenecemos la de baby boomers, la X, la Y y la Z, nuestra percepción y consideración de lo que debe ser nuestro trabajo es diferente, con toda lógica. Pero junto a esa apreciación individual hay una general consecuencia de la globalización y de otros factores del mundo en que vivimos.

La Organización Internacional de los Trabajadores (OIT), organismo de la ONU, fundada en virtud del Tratado de Versalles en 1919, redefinió sus fines y objetivos en la Declaración de Filadelfia de 1944 con una reafirmación de sus principios fundamentales sobre la dignidad humana, y en especial que «el trabajo no es una mercancía», «la libertad de expresión y de asociación es esencial para el progreso constante», «la pobreza en cualquier lugar constituye un peligro para la prosperidad de todos» y que «todos los seres humanos sin distinción de raza, credo o sexo, tienen derecho a perseguir su bienestar material y desarrollo espiritual en condiciones de libertad y dignidad y de seguridad económica y en igualdad de oportunidades». Principios que después de setenta y cinco años no sólo no han perdido vigencia sino que han cobrado fuerza por las circunstancias y acontecimientos que se han ido produciendo en ese tiempo.

Hace tres años, la OIT con su gobierno tripartito de representantes de los gobiernos, sindicatos y empleadores, lanzó un debate internacional sobre el Futuro del Trabajo. Se trataba de analizar a fondo el futuro del trabajo para poder abordar el drástico cambio que está sufriendo el mundo laboral y establecer las bases de la modernización de las relaciones laborales. Todo ello con el propósito y la cobertura de conseguir el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de la ONU, además de cumplir con su primigenio mandato en materia de justicia social en este siglo. No hubiera sido posible enfocar como será y deberá ser el trabajo del futuro centrado en las personas, sin contemplar la importancia y el efecto de las denominadas megatendencias actuales. La revolución tecnológica y digital; la transición energética; las tendencias demográficas; el papel de la mujer en el mundo y la última y de gran magnitud, el cambio climático, están teniendo y tendrán un impacto que supondrá la desaparición de un modelo laboral pero necesariamente el surgimiento de otro. Actuar cuanto antes es imprescindible como señalaba en junio la Declaración del Centenario de la OIT para el Futuro del Trabajo, porque no se trata de tener un trabajo, sino que este sea justo, inclusivo y seguro. Incertidumbres muchas, y varias certezas. La principal, que como poco, hay que reducir las desigualdades, además hay que establecer una protección social desde el nacimiento hasta la vejez y un derecho universal de aprendizaje para que las personas puedan adaptarse, es decir, una formación continua.

¿ Y como se consigue ese cambio de paradigma laboral ? Pues para Joaquín Nieto, director de OIT España, promoviendo y fortaleciendo el multilateralismo. Y para ello no hay duda de que es necesario el diálogo, pero sobre todo el consenso, es decir, el pacto con mayúsculas.

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