02 de diciembre de 2019
02.12.2019

Simbolizar Sevilla: La Peste

02.12.2019 | 19:40
Simbolizar Sevilla: La Peste

Las series televisivas cuentan la realidad bajo el modo de la ficción. Basta mirar las últimas temporadas de Homeland. La realidad replica la ficción bajo el modo del periodismo. Pero ficción y periodismo cuentan lo mismo bajo diversos géneros. Eso que narran es la naturaleza humana. Mientras nos enfrascamos en los enojosos asuntos del transhumanismo, nos olvidamos de lo que somos. Y en verdad este olvido de sí es un ejercicio necesario. Bañarnos en el río Leteo permite que la vida siga. El adulto olvida al niño para poder apegarse a la vida, y el viejo olvida al adulto para centrarse en sí y defenderse como gato panza arriba de la muerte. El periodismo y la literatura son formas obstinadas de recuerdo.

En realidad, el olvido es necesario porque nadie se soporta realmente como es. Esto se puede decir omnes et singulatim, del individuo y de la especie. Hace mucho que sabemos, por lo menos desde ese medio sefardita que fue Montaigne, que el fondo último de los males de la humanidad reside en que sencillamente el ser humano se cansa de sí mismo. Por eso él reclamó la comprensión como dulcificación del mal general. Eso le inspiraba una amplia piedad. La desesperación respecto de la propia condición siempre fue el peor de los augurios. Por eso, el ser humano suele recibir muy bien cualquier noticia que prometa algo "trans" o "súper". ¿Cuándo comprenderemos la dimensión consolatoria de Nietzsche? Desde entonces, la filosofía nos da ánimos para ser de otra manera, para seguir abiertos al futuro. Esta es la última ideología consolatoria.

Un fatalismo más bien senequista, hondamente hispano, inspira la segunda temporada de La Peste, una serie que marca un antes y un después en la televisión española. Desde luego, nadie hasta ahora había logrado crear una atmósfera tan opresiva. Nadie había cuidado hasta ese punto los escenarios. Aunque no sea tan aparatosa en las localizaciones como Juego de Tronos, sus escenarios urbanos y naturales son extraordinariamente funcionales para la atmósfera espiritual que quiere crear. Así nos presenta una Sevilla en la que un elemental instinto animal nos impulsa a escapar. El conjunto de contrastes que vemos en La Peste no tiene parangón fílmico y están fotografiados con una mezcla de elegancia y de crudeza sorprendente. En muchas ocasiones, confieso que estoy más pendiente de la escena que de la peripecia. Los hallazgos en este sentido no tienen límite.

Sevilla es la pequeña Tebas de la ópera, dijo alguien una vez. La Peste no tenía fácil innovar en este campo. Y sin embargo, la serie ha sido capaz de mitificar Sevilla en un aspecto que constituye uno de los motivos centrales del cine de gran formato. Es verdad que ya Cervantes había marcado el camino, pero hay que tener mucho valor para imitar a Cervantes en nuestros días, menos tolerantes que aquel tiempo para soportar la realidad. Rinconete y Cortadillo prometían forjar una fama duradera de Sevilla como lugar mítico del hampa. El patio de Monipodio, sin embargo, es la única expresión que ha sobrevivido y ya es un cultismo esotérico. Sin embargo, nuestra serie, de la mano de Rafael Cobos, un experto guionista, y de Alberto Rodríguez, un director importante, ha repuesto el honor de Sevilla como lugar mítico, cuna de un hampa asfixiante, La Garduña, ese depredador nocturno y sanguinario.

Las sentencias recién conocidas de los ERE no hacen sino confirmarlo. Periodismo y ficción, como los modos finitos en los que se expone la misma eterna realidad, siempre son isomórficos. Cada uno refleja la esencia del mundo a su manera y sólo esa armonía preestablecida explica que se nos presenten sus noticias de forma sincronizada. Incluso a veces uno tiene la impresión de que la producción de la serie se hubiera dejado inspirar por el rostro de los imputados en la causa infinita del famoso juicio sevillano para, así, identificar algunos de los personajes de la obra. En todo caso, los hallazgos de algunos personajes son indiscutibles. Ahí está ese Baeza, representado por Jesús Carroza, que brilla como actor gracias a la austeridad del guion de Cobos. Y en efecto, nunca se ha visto en el cine español semejante economía de palabras como en La Peste y gracias a eso apreciamos la profundidad expresiva de sus actores. Baeza es un arquetipo poderoso del hampa porque, como algunos condenados en los ERE, ha recibido de la naturaleza la gracia de tener cara de buena persona y disponer de buen corazón.

Que todos los políticos socialistas hayan sido juzgados y condenados significa, en la tesis de la serie, expuesta en el diálogo final entre La Garduña y Baeza, que ellos forman parte de la legión de hampones que viven de prestado. Pero que sus penas tengan que ser revisadas por el Tribunal Supremo también puede interpretarse desde la plena conciencia, que la serie demuestra con creces, de que todo lo que pasa en Sevilla es contemplado y seguido desde las instancias de Madrid. De una u otra forma, lo que se impone con toda evidencia es que todo seguirá igual en la política. Los que se sientan en la sala capitular de Sevilla, los dueños de la ciudad, los veinticuatro del cabildo, los Navas y los demás, esos son eternos. Al menos desde la conquista. Que privaticen el rico patrimonio público del alfoz de la ciudad con diplomas falsificados, o con diplomas de verdad, es lo de menos. La falsificación solo da ocasión al hallazgo de ese personaje transhumano, El Flamenco, con su momento memorable frente al Arenal.

"Empezar de cero", es la frase imposible que se dicen los dos protagonistas, Teresa y Mateo, al final de la serie con una sobriedad delicada. Incluso ese gesto de rozarse apenas los dedos, como si palparan a ciegas, sugiere un punto de escepticismo. En todo caso, eso es lo único que no nos está permitido. Lo único que la serie no permite decir. El viejo mundo no lo consiente. Empezar de cero sería haberse quedado en los alrededores del estrecho de Magallanes, cuando Mateo fue salvado por los indígenas. Para comenzar de nuevo se requiere algo más que un palacio vacío. Y en cierto modo, se tiene la impresión de que la historia de la segunda temporada de La Peste es lo más débil de la soberbia producción y que todo es una excusa para presentar personajes poderosos y actores maduros.

Aceptemos que la utopía de un nuevo comienzo recorre a los personajes plebeyos, sean hampones o no, bien como una maldición, bien como una promesa. Aceptemos que esa utopía fue para mucha gente la de América. Aceptemos que esa esperanza inunda el pecho de todas las prostitutas. Asumamos el gesto quijotesco de llevarlas a la salvación, transfiriendo la industria de la seda a las Indias, un capitalismo emancipador. Aceptemos que la diferencia radical es la del nuevo y el viejo mundo, con las contraposiciones de la servidumbre y la libertad, la corrupción y la esperanza. Aun asumiendo todo este planteamiento, nadie puede evitar el profundo sentimiento que nos domina al final. Nosotros somos de los que nos quedamos. No preguntarnos por la suerte del barco que huye disminuye nuestra amargura. Pero los poderosos solo quieren una cosa: el eterno retorno de lo mismo. Y eso es el poder: lograrlo.
La Peste ha generado una atmósfera tan políticamente opresiva que no logra hacer convincente la historia final, por mucho que la haga necesaria. ¿Quién no querría huir de una ciudad poseída por un control oligárquico tan estricto? Es lógico que nos logre impresionar y nos afecte. Una ficción que produce una impresión tan opresiva no puede ser mera ficción. Es la realidad bajo otro aspecto. Basta echar una mirada a los periódicos para comprender que es la realidad bajo otro género. La Peste, en este sentido, ha logrado una inequívoca pretensión simbolista.

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