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Picatostes

Serie B

El pasado lunes participé en un coloquio en la Filmoteca Valenciana con motivo de la presentación del documental Monle, Mon, Monleon sobre la figura del showman y cantante -y alguna cosa más- Joan Monleón, cuando se cumplen diez de su desaparición. El documental está producido por la fundación que preside Amadeu Fabregat y la dirección y coordinación ha estado a cargo del periodista Àngel Martínez, con el que compartí, y la actriz Empar Ferrer, la presentación. El redactor jefe de Cultura de Levante-EMV Joan Carles Martí, por su parte, fue el responsable de conducir el coloquio. A la estrella televisiva del finiquitado Canal 9 más de una vez se le clasificó por parte de ciento sectores de la crítica en el apartado de serie B, que en su caso venía a ser etiquetado como cómico o cantante populachero, folklórico o si se quiere, artista poco serio. Vamos, más cerca del circo y variedades que de un monólogo de Shakespeare a cargo de Lawrence Olivier. Joan Monleón, si la memoria no me falla, nunca gozó de ninguna proposición o proyecto importante por parte de los estamentos oficiales para subir a la escena institucional. Sí que lo hizo en cambio, primero desde la escena independiente, y más tarde, ya al final de su carrera artística, desde la privada, como se encargaba de recordar el empresario del Teatro Olympia, Enrique Fayos en el documental. Una de las virtudes de Monle, Món, Monleon es la nómina de testimonios que desfilan a lo largo de los cerca de sesenta minutos dejando sus recuerdos y reflexiones sobre el actor y cantante. Reunir bajo la advocación del showman televisivo a Eliseu Climent, Albert Boadella, Ximo Puig, Arturo Valls, Ventura Pons, entre otros, difícilmente creo que se vuelva a producir antes que el cambio climático nos derrita a todos o nos convierta en estatuas de sal como a la mujer de Lot. Quizás, como recordó el President Ximo Puig hubiera estado bien contar con el testimonio de Amadeu Fabregat, que desde la dirección de Canal 9, asistió a la preparación, puesta a punto y posterior explosión del fenómeno televisivo, pero ya hace tiempo que el exdirectivo ha decidido permanecer en un discreto plano alejado de los focos curiosos.

Tuve la suerte, en esa otra universidad pública de bares y sesiones de teatro independiente, cineclubs, filmotecas, librerías y clubs bajo sospecha, de ser «adoctrinado» ahora que el verbo está tan de actualidad, por personas, amigos, que sentían un gran respeto por ese universo que a menudo se clasifica como de «serie B» o género ínfimo, como decía algun crítico de acento pretencioso. Respeto y también, fascinación por aquellos artistas, géneros, espectáculos que de normal no aparecen en las revistas especializadas ni en los semanarios culturales. Ese universo condensado en la trilogía Música, humor y fantasía como filosofía escénica y atrezzo Arte Povera. Según el productor y realizador televisivo Artur Kaps, cerebro artístico de aquella compañía que se llamó Los Vieneses y que pusieron también fantasía, música y en su caso, elegancia, en la postguerra teatral española, los espectáculos debían resumirse en un título formado por tres palabras. Desde Campanas de Viena a Luces de Viena, pasando por Melodías del Danubio, la compañía de Los Vieneses siguió al pie de la letra las instrucciones del señor Kaps. Para mí fue aquel un tiempo de descubrir la alegría y desenfado de los espectáculos del teatro Alkázar donde en otros tiempos había triunfado la vedette Rosita Amores poniéndole menta al personal. Más tarde tuve la oportunidad de conocerla, descubrir ese mundo de los artistas de variedades, cuya profesionalidad y conocimiento del oficio fue todo un máster entre bambalinas, plumas y ristras de strass.

Rosita Amores, como Joan Monleón, se han curtido en el contacto directo con el público. La primera, en esas sesiones maratonianas en los teatros de revista y espectáculos de varietés entre bikinis de fantasía y cortinas de lamé; el segundo, como recordaba Eliseu Climent en el documental detrás de la barra de la horchatería La Holandesa poniendo cafés con leche al personal de l’Horta que acudía al Mercat Central y los comercios vecinos. Joan Monleón además tuvo, como segunda prueba de ensayo, el mundo de la falla, las veladas de teatro amateur, desde donde saltaría protagonizando el espectáculo La infanta Tellina i el rei Matarot bajo la dirección de Rafael Gallart. Para él supuso un punto de inflexión en su futura trayectoria artística mientras seguía haciendo bunyols y horchata para mantener la economía familiar.

Volviendo al término de «Serie B», no sé si hoy en día sigue teniendo el mismo sentido como en el pasado. Un contenedor que ayudaba a englobar tanto las series de terror de la productora británica Hammer como las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Esa serie B que distinguía las características producciones de Roger Corman o de la discográfica catalana Belter y su catálogo de cantantes de los géneros más diversos siempre señalado por sus coloristas portadas. Directores como Tarantino han hecho de esta categoría estética una de sus fuentes de inspiración para transformarlas en estilizadas obras maestras de la pantalla. Otro director de la nueva ola hollywoodense, Tim Burton, realizó aquel emotivo Ed Wood uno de los más bellos homenajes a esa cara B de Hollywood en la figura del «peor director de la historia del cine». Cada año las filmotecas y seminarios cinematográficos rescatan un realizador ahora pasado de la categoría de artesano de serie B a la de creador. Una operación parecida a la ejercida por los críticos de Cahiers du Cinema con el director Alfred Hitchcock aunque el creador de Psicosis y su extensa filmografía nunca formó parte de ningún subgénero, a no ser, el de la lista de películas más populares. Pero tuvieron que llegar los hombres de la Nouvelle Vague para que se le coronara como creador ante la miopía y desdén de sus compatriotas. Una vieja y conocida historia.

Acabando este texto me llega la noticia de la muerte de la periodista Mara Calabuig. Hace unos meses tuve la oportunidad de hablar con ella por teléfono aunque para entonces su salud se había agravado y su voz llegaba débil al otro lado del receptor. Como ya escribí en su momento, creo que nuestras instituciones tienen una deuda de reconocimiento con ella. Me hubiera gustado que esta se hubiera producido en vida, pero no ha podido ser. Guardaremos en nuestra memoria la voz que acompañó a varias generaciones de valencianos.

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