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La convivencia lingüística y literaria

Entre finales de los años 60 y comienzo de los 70, la ciudad de Barcelona acogió a algunos de los mejores escritores en lengua castellana/española de todo el mundo. Entre las Ramblas, el parque Güell o el barrio de Sarriá se fraguó el llamado boom de la novela hispanoamericana, la mayor revolución en nuestro idioma desde los tiempos de Quevedo. Al frente de aquella asonada literaria se encontraba la agente de escritores, Carmen Balcells. Con ella crecieron Vargas Llosa, García Márquez, Bryce Echenique, Jorge Edwards y tantos otros. La lista de escritores latinos que velaron armas en Barcelona es prácticamente inagotable, desde el originario Juan Rulfo al póstumo Roberto Bolaño.

Las dictaduras del cono sur pero también los sucesivos colapsos económicos y corralitos que tanta desazón han provocado en América, impulsaron la emigración literaria y Barcelona era su principal destino. Lo fue por muchas razones. En la capital catalana se vivía un clima abierto y liberal, constituía una especie de puerta a Europa donde todavía se podía uno guarecer íntimamente en una misma lengua, estimulado por un activismo cultural dinámico y una amplia confraternidad de escritores. Los hispanoamericanos se encontraban con colegas barceloneses que profesaban una inquietudes literarias semejantes, precisamente el grupo que estaba dominando en aquel momento la vanguardia española: los hermanos Goytisolo, Juan Marsé, Carlos Barral, Gil de Biedma o algunos de los novísimos de Castellet.

Pero, sobre todo, Barcelona era la sede de la mayor nómina de editoriales españolas. En la ciudad condal fundó José Manuel Lara su imperio Planeta, y allí se desarrollaban Espasa Calpe con su enciclopedia y su colección Austral, Seix Barral, Tusquets, la Anagrama de Jorge Herralde, Plaza & Janés, Lumen, Grijalbo o la mítica Bruguera, entre otras muchas. Barcelona era una especie de Nueva York para la cultura literaria en español.

Y a pesar de todo, del extraordinario viraje nacionalista que ha vivido Cataluña, todavía hoy Barcelona tiene un peso literario decisivo. Lo veremos en unas horas, durante esta misma noche de Reyes, cuando sepamos quién ha ganado el premio Nadal, el más importante en cuanto a calidad literaria de entre los que se otorgan a un libro inédito. Y lo comprobamos también con cada premio Planeta, el más sustancioso en lo económico, o con la emergencia de otras editoriales más recientes, como la Kayrós de los Pániker, Acantilado o Alba, que reedita la gran novelística europea del siglo XIX con nuevas traducciones al castellano.

Ni en Valencia ni en Palma de Mallorca, por citar otras dos grandes ciudades españolas con lengua propia, ocurrió un fenómeno semejante al de Barcelona. Cierto que el activismo literario valenciano ha sido notable, pero resulta incomparable con el barcelonés. El regreso del exilio por parte de Gil-Albert apenas se hizo notar y solo la sorda y solitaria andadura de Manuel Borrás, Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba en Pre-Textos ha dado vuelo a la posición de Valencia en el panorama literario hispano. En Palma fue Camilo José Cela un poderoso dinamizador con sus Cuadernos de Son Armadans, como lo ha sido el editor Basilio Baltasar con Bitzoc, quien vuelve a la isla para dirigir los relanzados premios literarios que otorga el hotel Formentor.

Ahora, pasados los años, lo que echamos en falta, definitivamente, es ese clima de entendimiento y mixtura que se vivía en lo cultural. Cuando lo importante era lo literario y no la lengua. Conviene recordarlo, pues se trata del único camino de subsistencia para este país, España, reencontrarse con esa armonía lingüística, de convivencia de escrituras. Un país que debe volver a resetearse desde la complejidad narrativa. Ni desde el victimismo, ni desde la demagogia populista.

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