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Maite Fernández

Mirando, para no preguntar

Maite Fernández

La vida en 2030

Acabamos de iniciar un nuevo año. Todavía no tengo claro si también hemos iniciado una nueva década. Quienes saben siguen discutiendo. Pero si tengo claro que los próximos 10 años van a cambiar nuestras vidas, nuestra forma de vivir, más radicalmente de los que ha cambiado en los últimos 300 años. Ahí es nada. El futuro está aquí y viene cargado de «disrupciones» como les gusta decir a los tecnólogos innovadores.

Las cosas cambian tan rápido que todo el mundo se aventura a decir que pasará pasado mañana cuando los coches se desplacen sin conductor, las visitas a los templos de la cultura puedan ser virtuales o cuando nuestros cerebros estén conectados a ordenadores por medio de chips implantados bajo la piel. Lo que nos cuentan quienes investigan en inteligencia artificial, robótica o internet de las cosas supera cualquier imagen de ciencia ficción.

Avanzar en la comprensión del cambio climático y progresar en la detección y tratamiento de numerosas enfermedades prevalentes en la sociedad -muchas de ellas asociadas al envejecimiento-, son algunas de las líneas de investigación que deberán dar respuesta a las demandas de la sociedad actual.

En principio, una gran parte de la población se beneficiará de tener una vida mejor: servicios personalizados como transporte autónomo, medicina personalizada, una vida más larga y saludable, mayor tiempo de ocio, se habrán corregido los problemas derivados de la sobrecarga de información y surgirán nuevas profesiones que todavía desconocemos.

A nivel personal, seremos testigos de una integración más completa entre nuestro mundo digital y nuestro mundo físico. Las personas vivirán simultáneamente en ambos mundos cuando su «yo digital» realice diferentes tareas para ellos: aprenderá, tomará decisiones e incluso podrá interactuar digitalmente.

Hay quien, como Marc Vidal en su libro La era de la humanidad, lo plantea ya como una quinta revolución industrial que supondrá la inclusión absoluta de la tecnología en nuestras vidas. Esta nueva revolución industrial nos llevará a una nueva sociedad 5.0 en la que conviviremos en un mundo automatizado por la robótica y la inteligencia artificial y de acceso inmediato a datos gracias al 5G. A pesar de ello, tendremos la oportunidad de ser más humanos que nunca.

Por supuesto que estos avances también tienen peligrosos riesgos. Si no se controla, este nuevo mundo puede ampliar las brechas económicas y sociales: entre expertos y neófitos en el mundo digital; entre países desarrollados y en desarrollo, entre sectores tecnológicamente avanzados y no tecnológicos… Tal vez la declaración de derechos humanos de 1948 se haya quedado corta. Queda por incorporar aspectos tan importantes como derecho al olvido en internet, a la desconexión en internet, al legado digital, a la protección de la integridad personal ante la tecnología, a la libertad de expresión en la red, la identidad personal digital…

Por eso es imprescindible legislar de forma global para evitar que alguien, algún poder en la sombra o a la vista de todos, tenga la intención de controlar ese nuevo universo de conocimiento y de datos. Quienes están al frente de las administraciones tienen que tener claro que si no queremos que las tecnologías nos dominen tendremos que adoptar las medidas oportunas. Y eso requiere no sólo inversión, sino investigación y conocimiento.

Tendremos que hacer frente a todo esto al igual que las generaciones anteriores tuvieron que hacer frente a sus propios avances tecnológicos. Aunque nos parezca lo contrario, la tecnología siempre ha traído cosas buenas. En términos generales, cualquier revolución industrial ha mejorado la vida de las personas, aunque no haya sido inmediatamente.

¿Asusta? Un poco, pero más vale que estemos preparados.

El «desconocido» más grande de la humanidad es el futuro inmediato: ¿qué podemos hacer para prever y enfrentar el próximo conjunto de cambios y desafíos?

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