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Gorgonas

El mundo se encuentra en un estado de continua agitación que la prensa a menudo magnifica, pero no siempre. El aceleramiento resulta casi visual: el tránsito incesante de aviones, el flujo comercial marítimo, la construcción de nuevas ciudades, los bits de información que circulan por Internet, la extraña sensación de insomnio global. En medio de un mar de prosperidad sobresalen las puntas de iceberg del miedo que, como una gorgona, acechan con multitud de cabezas afiladas. Las utopías de nuestra época presentan con frecuencia aspectos distópicos, como consecuencia del ensanchamiento de la imaginación tecnológica. Por primera vez en la historia de la humanidad, la raza humana puede destruirse a sí misma sin necesidad de ninguna intervención divina, sólo apretando el botón rojo de la bomba nuclear. La tecnología permite alimentar la imaginación del desastre: de una hecatombe medioambiental al control de la sociedad por alguna inteligencia artificial que convierta al homo sapiens en esclavo de criaturas sintéticas sin alma ni consciencia. El horror conradiano actual se encuentra menos en las profundidades de la selva africana que en las posibilidades que abre el futurismo tecnodistópico.

Pero la realidad no se deja torcer tan fácilmente. Si uno de los objetivos declarados de la modernidad consiste en dominar la naturaleza y negarle su condición de frontera (un ejemplo claro sería la creencia sostenida por el feminismo radical en cuanto a que el género de las personas constituye una construcción ideológica y cultural), hay que considerar también su reverso: la revuelta de la naturaleza contra el hombre. En forma de cambio climático, sin ir más lejos, o de propagación de nuevas enfermedades. Pensemos en el nuevo coronavirus de Wuhan, una extraña enfermedad respiratoria que amenaza con convertirse en una pandemia global. Sabemos poco sobre ella todavía. Los científicos aún no han identificado el origen del virus, aunque tenemos la certeza de que es de origen animal (mamífero o aviar). Tampoco se ha descubierto aún cómo se propaga, pero sí sabemos que se transmite por vía humana, lo cual facilita su expansión. Está estrechamente relacionado con el virus del SARS, cercano a la gripe. Aunque se hayan obtenido unos pocos genomas, se ha visto que casi no ha mutado con respecto al virus original y que éste infectó por primera vez a una persona probablemente en noviembre. Esa aparente estabilidad constituye una buena noticia ya que, si mutase con frecuencia, dificultaría la obtención de una vacuna efectiva. Las secuencias se están compartiendo públicamente desde el inicio, lo cual debería facilitar la colaboración entre los principales laboratorios del mundo. Y contamos también con la experiencia adquirida en epidemias anteriores, como la del Ébola, el SARS y las distintas gripes anteriores.

Pero el miedo permanece, como es lógico, entre la confianza miope en el poder de la ciencia y el terror supersticioso a lo desconocido. Los mercados mundiales han empezado a temblar, al igual que el turismo y las aerolíneas. En el peor de los escenarios, el virus no sólo se transmitiría con relativa facilidad (como parece el caso, una vez que las autoridades chinas han confirmado que se contagia antes de aparecer los primeros síntomas en las personas afectadas), sino que además mutaría constantemente, dificultando al máximo su contención. Sobre esto último, todavía no sabemos nada. El horror conradiano se resume en lo desconocido. Lo desconocido -esa falta de certidumbre- invade la imaginación del hombre contemporáneo. Hoy igual que ayer.

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