30% DTO ANUAL 24,49€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Picatostes

Al mirar el cielo azul

En más de una ocasión, conversando con gente de la música, cantantes, agentes artísticos, he escuchado la frase: “En España no se quiere a los artistas como en Francia”. O si se prefiere como Italia, que también nos pilla cerca en cuestiones geográficas. La sentencia casi siempre sale a relucir cuando se compara el grado de atención y cuidado con el que el país vecino vela por sus artistas, sin distinción de género ni edad, con el que se profesa a este lado de los Pirineos. Unas carreras musicales -la de los cantantes franceses- de normal longevas, defendidas y mimadas por un público que asiste a sus conciertos, que pone el cartel de “no hay entradas” en salas y teatros y seguidas y estudiadas por los medios de comunicación. En nuestro país ya contamos con artistas de “larga duración”, entre los ejemplos más modélicos el de un Dúo Dinámico o Raphael, un intérprete que se ha sabido reiventarse sin perder su ADN. Hay otros casos, afortunadamente, de esta fructífera y duradera relación entre artista, público y escenario. Quizás en un futuro asistamos a modelos como los de un Charles Aznavour o un Charles Trenet aplaudidos sobre los escenarios después de haber cumplido los noventa años.

Todo esto viene a cuento porque esta semana está anunciada la actuacion de la cantante Karina en la sala Matisse -el próximo sábado 1 de febrero- uno de esos locales que en la ciudad de València velan por la música en directo. Karina estuvo entre las cantantes más populares en España entre los años sesenta y sesenta de nuestro siglo XX. Alcanzó el número uno de las listas de ventas con canciones como Las flechas de amor que ahora ha cumplido cincuenta años de su publicación. Su presencia en los programas musicales de Televisión Española hicieron de ella un rostro familiar; era nuestra “the girl next door”, la vecina del al lado. Frente a ella, su “rival”, Massiel, resultaba un combinado algo explosivo, en esa mezcla de musa intelectual y pop metafórico aunque su triunfo en Eurovisión cantando el La la la le hizo entrar en todos los hogares y acabó redimiéndola de sus pasadas extravagancias.

Karina fue una de nuestras chicas ye-yé, el adjetivo quedaría más tarde olvidado en el baúl de los recuerdos y las chicas ye-yé desaparecieron de las portadas de las revistas como objeto de atención preferente. Las llamadas chicas ye-yé españolas no tenían el grado de sofisticación que sus homónimas francesas o italianas vestidas por Courrèges o Yves Saint-Laurent. Ni tampoco un creador como Serge Gainsbourg para hacerles canciones insolentes, pero supusieron un soplo de viento fresco en una España todavía bajo mantilla y peineta que comenzaba a asomar sus piernas enfundadas en unas medias que “llegaban hasta las cinturas” como anunciaba la publicidad. Fueron la avanzadilla del frente de modernidad que abría un corredor, todavía no mediterráneo, en los Pirineos. Sólo Marisol, esa Pepa Flores cuyo recuerdo emocionado sobrevoló el pasado sábado el Palacio de Deportes Martín Carpena de Málaga, gozaba de esa conjunción de belleza, sexy y sofisticación, homologable con otros modelos femeninos foráneos a pesar de unos vehículos cinematográficos bastante insulsos. Despues, como ya es sabido, se impuso el silencio, y Pepa Flores se convirtió en una de las ermitañas más deseadas de la vida artística española. El mundo del espectáculo cuenta con precedentes y artistas ermitaños que han hecho de su retiro o jubilación anticipada el inicio de su leyenda. De Greta Garbo a la diva italiana Mina. Cada cierto tiempo un articulo, un reportaje en una revista intenta desvelar, si es que así se le puede llamar, “el enigma Marisol”, esa figura que en la cima de la popularidad, cerró la puerta a la gloria de la fama, a los contratos millonarios, a los aplausos que algunos artistas no son capaces de renunciar, para transformarse en una simple vecina de una barriada de Málaga a la que le gusta salir en zapatillas y sin maquillar con sus perros por la playa.

A Karina, como a otros artistas aquí la lista podría ser bastante extensa- se le acabó depositando en el Museo de Prehistoria de la Música Pop española. De nada había servido que sus canciones fueran himnos generacionales, protagonista de una discografía destacada en el sello Hispavox y sin duda figura obligatoria cuando se repasa la historia de la música española. La Canción del Olvido volvía a sonar en el tocadiscos o mejor en el rockola español, aunque esta vez no llevaba la firma del maestro Serrano. Ahora, la cantante regresa con el anuncio de un nuevo disco en el que se mezclaran temas originales y canciones de éxito. Como siempre el público se mostrará más predispuesto a escuchar lo ya conocido que lo nuevo por llegar. Así es y así ha sido. Volver a escuchar aquellas canciones que forman parte de algun momento de su vida. Como decía una antigua canción, “lo viejo es nuevo otra vez” y los éxitos de ayer se nos aparecen resplandecientes- aunque se trate de un espejismo- en nuestro dispensario sentimental. Acabados de estrenar. Como la camisa que hemos comprado en rebajas, pero en este caso, con algunas arrugas melódicas que sin embargo no nos quitarán el placer de volver a cantar aquello de “Al mirar el cielo azul, a Cupido descubrí, disparaba con sus flechas pero el blanco ni lo vi…”

Compartir el artículo

stats