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Reciclarse

El entorno más cercano me corrige. Conjugar resetearse es más oportuno, aducen. Tengo mis dudas pues pienso que este se refiere a dar órdenes a una máquina, y aquí se trata de invitar al reciclaje comenzando por uno mismo y aplicándolo a una serie de colectivos, gremios o profesiones.

En fin, ironías aparte cuando se leen, escuchan o ven declaraciones, discursos o comentarios por parte de los todólogos habituales no se puede evitar la invitación al reciclado. La prodigalidad de juicios, condenas, exclusiones en la vida pública y en los medios de comunicación que los amplifican difundiéndolos resulta asombrosa. Por su escaso o nulo fundamento y por la frivolidad incluso temeraria, sin que por ello repugne a nadie.

No es novedad aunque sí lo es la magnitud con que las nuevas tecnologías lo hacen posible. Azaña tan citado como poco leído con sosiego ya advertía que «si todos hablaran de lo que saben se produciría un gran silencio que podríamos aprovechar para estudiar». Y más tarde para opinar con conocimiento, añadimos.

Sánchez-Cuenca recomendaba, a propósito de la judicatura (La Vanguardia, 11 de enero de 2020) y con un titular oportuno, Ley y democracia, a magistrados y fiscales de asistir a unas clases sobre principios democráticos. Recomendación que podría extenderse a otros gremios, corporaciones o profesiones como veremos más adelante. De manera singular a las cúpulas que se entienden con frecuencia ajenas al sencillo mandato democrático.

Jerarquía eclesiástica que so capa de creencia intervienen cuando no interfieren en temas como la libertad sexual, derechos de la mujer, y de todos cuando se trata de la educación. En un viaje al pasado propone la discriminación de género, la ignorancia vital para la infancia de su propio cuerpo, y por supuesto el adoctrinamiento a través de la concertación, con los impuestos de todos, de su modelo. Con intolerancia y fanatismo que nos aleja del cardenal Tarancón por poner ejemplo próximo.

Empresarios que arrojan sobre la política las responsabilidades que ellos mismos contribuyeron a construir en la larga etapa idílica del expolio de cajas de ahorro y despilfarros públicos con beneficios privados. Este rechazo ejemplifica una desmemoria irresponsable por parte de quienes se apresuran a dictar sus condiciones a nuevos responsables políticos. La democracia y sus instrumentos, elecciones y sus resultados, les parecen poco menos que un mal ineludible dadas las circunstancias y el entorno. No por ello rechazan los regalos, subvenciones y capacidad de influir sobre los políticos elegidos. Como los anteriores.

Amb diners, xiulets, carcajean en la intimidad aunque no se priven de graznidos y rebuznos en los medios de comunicación que unos y otros poseen. O manipulan a través de un nuevo periodismo que olvida los hechos en beneficio del relato, esto es el cuento por cuenta de las páginas publicitarias que no se precisan como tales, los cortes de voz o las imágenes: el resultado es el mismo. Debiera ser objeto de un reciclaje, o reseteo, de la misma profesión periodística, la recuperación de Comment is free..but facts are sacred, que formulara en 1921 C.P. Scott el editor de lo que hoy todavía es The Guardian.

Las pérdidas de memoria se curan consultando las fuentes, constatando los hechos sin tener que usar el castizo remedio de los rabos de pasa.

El objetivo de la gran divergencia, iniciada en los años ochenta y noventa del pasado siglo por la oleada neoconservadora no es otro que el control de las ideas, su expresión y difusión. Nos lo recordaba con insistencia Vidal-Beneyto como subraya con acierto la excelente biografía de Irene Liberia Vayá. Como la hizo y practica Manuel Castells: las TIC permiten no solo el alud de información sino que además, utilizadas de modo conveniente, aliviarían la desmemoria con la simple consulta a hemerotecas, fonotecas, videotecas, digitalizadas.

Las oligarquías partidarias se suman a esta ceremonia de la confusión. Con cierta alegría adoptan lo que constituye el relato, la corriente ideológica dominante de finales del siglo XX, exacerbada a comienzos del presente. Aceptan sin apenas discusión sus principios (¿) como inevitables y de manera inconsciente o lo que es peor creyendo en sus bondades, se apresuran a arrodillarse ante la nueva religión del dinero y el capitalismo desregulado. Mantenerse es el primer objetivo, obtener la bendición de quienes se erigen en representantes de la sociedad civil el segundo, y ambos con el orfeón mediático como música de fondo.

La lectora o el lector pueden agregar las cúpulas o los colectivos y gremios que tengan en mente o en su entorno más inmediato, desde los cuerpos de élite de las Administraciones (abogados del estado o de la comunidad autónoma, profesorado universitario, mandos de las fuerzas de seguridad) a dirigentes de asociaciones vecinales que ignoran la representación política más cercana, el Ayuntamiento, permiten que un edificio privado sustituya suelo dotacional público, incluso escolar como sin ir más lejos en Benimaclet.

Despropósitos, se dirá. Producen hilaridad si no fuera por las consecuencias que los desmanes procuran al deterioro de la confianza en la democracia, y, en definitiva en la política para gestionar los conflictos sociales que genera la sociabilidad humana.

Cuarenta años de democracia permiten deducir que el reciclaje es urgente, inaplazable. Un objetivo de higiene social democrática, y de eficacia, sobre todo cuando no asoman las orejas del lobo sino que el lobo, como el bárbaro de Kavafis, ya estaba y está entre nosotros. Su letargo propiciado por las cesiones y gajes desde 1977/1978 se transforma en amenazas ante el descuido o la connivencia de la ciudadanía, ahora amenazada. O lo que es peor, de los dirigentes políticos abducidos por el pensamiento único que Piketty acierta a definir como ideología del hipercapitalismo.

Permitir que el desafuero se imponga como norma erosiona el acervo de derechos y libertades duramente conseguidas. Como es el caso de Europa, la UE, al parecer solo útil para agricultores de sofá o costosas e ineficientes por innecesarias, infraestructuras a la vez que se ignoran voluntariamente normas que forman parte de nuestras instituciones.

¡A reciclar!

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