Comenzamos a vivir en un clima en el que las palabras están perdiendo sus propios contornos semánticos y en el que lo que se hace, se dice o se escribe puede no tener nada que ver bien con el estado de cosas del que se habla. Hay demasiados momentos en los que la verdad no importa; solo el sacar partido de una situación y, por eso, se procede al borrado de líneas y líneas, se cancela o desdibuja la propia historia cuajada en tuits. Y esta tendencia en una sociedad totalmente permeada por los medios de comunicación genera una desdicha para cada día. Nadie se siente en la obligación de relatarte lo dicho o lo hecho de modo que no sea precisa una ulterior aclaración, declaración o rectificación. Más aún, la cadena de declaraciones en torno a un mismo acontecimiento incorpora a nuevos declarantes y siempre se aporta con el nuevo personaje una «razón» que legitima lo hecho y lo dicho. Así, lo que se presenta inicialmente como un encuentro «fortuito» puede acabar siendo considerado por otro interlocutor como una gestión ejemplar de un proyecto. ¿Por qué debemos estar sometidos a esta dinámica que cuaja con contenidos distintos a diario?

La vida pública de una democracia se asienta sobre un debate cuyos contenidos y forma deben darse ante taquígrafos y con luz. Esa necesidad de luz tolera la discreción, pero evita la ocultación de aspectos importantes del juego de intereses representado en el Parlamento; la necesidad de taquígrafos evita el borrado, hace imposible la reconstrucción de lo dicho y hecho, pues cada palabra aparecerá escrita en el orden en el que fue pronunciada. Por ello, los momentos de crisis debieran ser los de una vida parlamentaria más intensa. Y lo que viene sucediendo es lo contrario.

Así pues, tanto la pérdida del contorno semántico de cada palabra como la ausencia de vida parlamentaria y la falta de compromiso en el momento de pronunciarse de una vez por todas sobre un estado de cosas, son factores a los que no debemos otorgar carta de normalidad y que deben tener repercusión electoral a todos los niveles, del partido a las Generales. Se debe recuperar al hombre de palabra, pues solo se contribuye a fortalecer la textura democrática de una sociedad cuando se respeta la verdad. No nos engañemos: no se protegen los valores asociados a nuestra Constitución cuando se dice una cosa y se hace otra, cuando no se respeta la verdad. El dar cuenta de los estados de cosas tal y como se han producido ha de constituir una exigencia para todas y cada una de las personas que dedican sus días a la actividad pública; debe constituir un ideal para todo ciudadano. La verdad siempre, aunque sea inoportuna.