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Buena onda

¿Tiene sentido crear una diplomacia valenciana?

Marion Marechal, nieta de Jean Marie Le Pen, repitió en su reciente visita a España la idea de que las autonomías y las regiones reciben un trato de privilegio en la Unión Europa porque lo que se quiere es debilitar y, a largo plazo, liquidar las naciones y los estados nación europeos.

Para darle apariencia de verdad, y de peligro, se añade el corolario de que ese regionalismo es causante del crecimiento imparable de los independentismos en Cataluña o Escocia.

El regionalismo de los 60 y los 70 del siglo pasado, tiene que ver con la escala de la política, con la idea de que un gobierno gigantesco como el del Mercado Común o de la Unión Europea sirve para hacer frente a grandes problemas, -los de los mercados, los de las naciones- pero no está pensado para resolver los problemas de la pequeña escala que son, en definitiva, los de los ciudadanos.

La escala de los problemas ha cambiado mucho en los últimos treinta años. El crecimiento de la digitalización y la extensión de la globalización han dado un vuelco a los problemas y también al tamaño de su alcance y de sus soluciones.

Lo que sucede en una ciudad china puede convertirse en un problema mundial en cuestión de horas. La solución de un grupo de vecinos canarios para los incendios de su bosque puede ser una fórmula aprovechable para un colapso de la naturaleza en California o Australia.

Muchas de las cuestiones de la política regional tienen sentido si se enfocan con lógicas que son globales. Lo local, lo regional, lo nacional y lo internacional se entrecruzan creando una malla tupida en la que es muy complicado separar las cosas.

Aunque hay poco pensamiento hasta el momento, la defensa de los intereses de una región como la Comunitat Valenciana en el exterior también entra en esta nueva dinámica. A diferencia de lo que han hecho autonomías como la catalana, la vasca y, en cierta medida, la gallega, --y a pesar de que desde los años veinte del siglo pasado, los valencianos hemos alardeado de vivir hacia fuera y de ser excelentes vendedores--, en la ya larga etapa de la autonomía se ha repetido la idea de que la defensa de los intereses valencianos en el exterior estaba dentro de la diplomacia española, no necesitaba ni una estrategia particular ni un pensamiento propio.

Mientras tanto, la internacionalización de los intereses ha seguido su marcha como demuestra el establecimiento de empresas valencianas en Marruecos, las campañas de promoción del turismo (con algunos deslices más o menos llamativos), las misiones comerciales de la Generalitat o, como le gusta recordar al president Puig, la presencia de músicos valencianos prácticamente en cualquier punto del globo.

También se puede hablar de la difusión mundial de algunas de nuestras fiestas (las Fallas, la tomatina de Buñol, el Misteri d'Elx) y de los éxitos recientes en el campo del diseño o de la gastronomía.

Pero nada de cuanto se hace obedece a una visión clara de lo que se necesita y aún menos a una constatación de lo que se puede hacer. Dos ejemplos: las universidades valencianas son un destino favorito de los Erasmus europeos y tienen un enorme potencial para extender su internacionalización tanto en Europa como sobre todo en América Latina o en algunos países árabes. Las aún jóvenes industrias culturales y creativas valencianas llegan, como se ha dicho, a muchos sitios con la música y a niveles muy altos con el diseño. Pero la doble alianza que la Generalitat ha desarrollado con el Instituto Cervantes y con el Ramon Llull para difundir en el exterior nuestra cultura no da los resultados que cabe esperar. En el caso de las universidades, España no tiene una plataforma como la del Campus France y en el de la proyección cultural, nuestras necesidades no encajan ni en la óptica Cervantes ni en la óptica Llull.

Crear una diplomacia valenciana puede chirriar-aunque no más de lo que chirrió la creación de la televisión autonómica en los oídos del entonces muy poderoso vicepresidente Alfonso Guerra- y complicado. Pero también puede ser algo resueltamente útil. Y, sobre todo, algo cuya creación puede beneficiarse del regalo de la oportunidad,

El reparto competencial del Estatut permite interpretaciones que le darían carta de naturaleza. La actitud del gobierno PSOE-Podemos, como demuestra el perfil de competencias de las carteras ministeriales y la apertura mental ante el debate sobre el futuro de Cataluña y el País Vasco, abren un horizonte de oportunidad como no había existido hasta la fecha.

Si se consigue sortear los muchos escollos, el país podría entrar en un momentum de innovación política insólito en las últimas décadas.

Aprovechar esa ventana de oportunidad para poner en marcha una política de diplomacia pública valenciana que permita dirigir adecuadamente las muchas operaciones de internacionalización de la sociedad valenciana con el concurso de las instituciones podría ser, estoy casi seguro, una operación de éxito.

Y no parece estar fuera del alcance del Botànic 2.

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