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El ópalo de la mala suerte

Mi amigo Ismael dice que muchas veces no entiende lo que escribo. Lo hace con mucha admiración, no exenta de un gran alivio por no tener que hacerlo. Comprender a alguien equivale a empezar una colección como las que lanza este periódico: si olvidas recortar el cupón, te quedas con un hueco en la tabla periódica y es preciso sustituirlo calculando el número atómico.

Comprender una cosa o un concepto es mucho más sencillo, porque aunque tú conoces los conceptos, pero ellos no te conocen a ti. Pero eso no te permite gritar en un bar «¡Eh, concepto que tengo de Tonino! ¿Qué pacha con tu body?», porque el significado entero de Tonino irá directamente hacia ti y a la segunda frase verás cómo dejo de ser un concepto para convertirme ante tus ojos en algo análogo a una persona.

No comprender el concepto nunca ha sido problema para no usarlo. Conocen la anécdota de cuando el poeta Villaespesa le pregunta a Unamuno qué flores son las del estanque y don Miguel le responde: «Los nenúfares de sus sonetos». En realidad es conocida porque se le atribuye a Rubén Darío. Y se le atribuye, no porque Juan Ramón Jimenez no fuera el otro probable protagonista de la incierta anécdota, sino porque Villaespesa produce la sonoridad misteriosa y evocadora de los nenúfares: ya no lo lee nadie.

Poco antes de esa época, en el entonces famoso cuento Ana de Geirstein de Walter Scott, que tampoco nadie conoce, la Baronesa de Arnheim aseguraba poseer un talismán que había traído mala suerte a su familia. Aunque en la narración sólo se dice una vez que dicho amuleto es un ópalo, fue suficiente para que las señoras temieran llevarlo y el rumor se expandiera. Ese es el motivo por el que muchos joyeros y anticuarios suelen vender las joyas decoradas con ópalo llamándolo turmalina.

El ópalo sí trae desgracia. Al menos la trajo a la literatura, porque hubo una época en que todo, por su efecto, se volvió opalino. Las uñas del caballero eran opalinas, la melancolía era opalescente, opalina era la pupila de la mujer con ataque de histeria, la rival amante se opalizaba el pelo, hasta el hueso de sepia que se le daba al canario era opalino. Hay elementos viciosos que accidentalmente surgen y que son imitados.

Los significados tiene su momento de juventud y de decadencia. Mientras más nos cuesta entender lo que leemos, menos posibilidades hay de ganarse la vida honestamente con la literatura. Y si cae la prosa, cae la poesía, y esta arrastra al teatro; el teatro deja de programar danza, y no ver ballets aleja al espectador del televisor. Y esa es la razón por la cual las películas se descargan de internet y el motivo de no haya que subvencionar más al cine español: porque internet lo es todo, desde nuestro horizonte más lejano hasta lo más profundo de nuestro ombligo.

En una visita a la casa que Sorolla se construyó en Madrid y que su familia donó para convertirla en su museo, me llamó la atención una reproducción de la señera valenciana regnícola colocada en sentido horizontal y protegida por un cristal en el vestíbulo. Hay un documento que la sostiene en su tiempo original y es en una rara fotografía en la que aparece en su estudio, extendida por un cordel, simulando ondear, quizás para alguna composición pictórica.

Que Sorolla y sus amigos artistas eran muy afectos a València no se ha de demostrar con banderas conceptuales ni abstractas Comunidades. Es algo tan cierto como que los consistorios de la época fueron algo menos que tibios con sus propuestas. Sus éxitos en el extranjero fueron celebrados como algo propio de un pueblo con una personalidad definida, pero con homenajes y rótulos en las calles que ellos mismos se ofrecen a crear. Con la de la creación del Palacio Permanente de Bellas Artes, un proyecto que jamás vio la luz, no han tenido respuesta hasta ahora. Museos, de los que se escapaban para respirar aire marino, se han multiplicado. Nos beneficiamos de las iniciativas de Mariano Benlliure como director general de Bellas Artes rescatando a Goya de la mezquindad y el olvido de la época.

Su labor en València no fue menor: Salvó el palacio ducal de Alaquàs de ser derribado declarándolo Monumento Nacional. Impidió que el ayuntamiento de València tocara los puentes de Serranos, del Mar y del Real, que iban a ser ensanchados para facilitar el tráfico. Reunió y pidió consejo a los artistas de València para poner en común el reglamento de las Exposiciones Nacionales.

Para destruir el concepto del arte, basta con prohibirlo, saquearlo, expoliarlo, realizar sobornos, subastas, tráficos desde las instituciones públicas, ningunearlo. O desde el ámbito privado, destruyendo los interesados, como termitas, los términos de las actas fundacionales del legado de los artistas.

En este siglo ya no somos personas buenas o personas malas. Ya no existe el padre ordenado que trabaja y el desordenado que se droga y miente: existe el que hace ambas cosas en perfecta coherencia. Existe el yo que todo lo abarca y al que todo satisface. Pero lo peor no es representar nuestra comedia. Lo peor es presenciar la comedia del que la representa delante de nosotros antes de ir a lo suyo. De tener que decir y escuchar tanta palabrería insulsa antes de ceder voluntariamente ante el inevitable atropello. O antes de saber que vas a tener que atropellar a tu reflejo, que es la persona que tienes delante.

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