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Clandestinos y virtuales

Al paradójico antipopulismo que esgrime hoy con tanta soltura la derecha deberían añadirle su justo apelativo: «antipopulismo de ascensor» por los benéficos efectos que este artilugio produjo para neutralizar la dominación tiránica del pueblo. El ascensor consiguió destruir la predominancia de las viviendas de pueblo, construidas una al lado de otra. Y suprimió la promiscuidad de las casas de vecindad, obreras, de ladrillo, que constaban de cuatro pisos y sentido de la proporción.

Sus poleas eliminaron al molesto vecino. «Ferme acerrima proximorum odia sunt» (*) escribió Tácito, pero hoy los terribles odios entre domiciliados próximos apenas existen. Se han terminado las indiscreciones de criadas a porteras en la escalera: la asistenta coge el ascensor y si existe portera, ya no vive en el ático. Terminaron los amables préstamos de vasitos de aceite entre los que vivían puerta con puerta; cada uno pasa en ascenso vertical ante la vivienda ajena y los de abajo no saben en qué planta se detendrán. Terminados los derechos entre vecinos, se acabaron los deberes. La neighbourhood de Tom Waits, donde las parejas saben todo lo que ocurre alrededor del neighbour pero ignoran todo lo que sucede en su propia casa, no existe. Cada ocupante de su porción de planta es hoy un extraño entre extraños y con el alquiler turístico, un turista más en Babel. Si hay un médico, un abogado, un político o una bellísima señora conocedora de su propio valor en tu moderno bloque de viviendas, es mejor ignorarlos por el bien propio. Y toda esta paz sólo será turbada por tus angelitos, que se empeñarán en trabar súbita amistad con los niños (chusma) de los demás, pero acabarán peleándose como se pelean en los pueblos por las lindes y volverá todo a la normalidad. Los pueblos se deshabitan porque su tierra no vale nada y porque hemos hecho que el suelo en las ciudades sea más caro y codiciado que el oro. Y eso, segunda paradoja, es consecuencia natural del negocio del ladrillo, medida del progreso económico.

El progreso consiste en crear dificultades colosales de treinta pisos para después tener la incomodidad de resolverlas. Es lo que llamamos «confort»: crear un monísimo reducto estanco donde escapar de la ansiedad y el miedo. Ansiedad que hemos generado mediante el uso de un propulsor ultrasónico de mierda a todo nuestro alrededor. Gracias al populismo, hoy se escriben los mejores y más agudos artículos, porque nadie los lee. Están relegados a la página quinta de tu buscador de internet o confinados al lujo de la suscripción. El pequeño comercio está en manos de complacidos dependientes mensuales o de expertos que no comprenden nada de lo que les pides porque la sobreabundancia de objetos de mercado no les permite tenerlo todo en el almacén. Eso sí : lo consiguen con la misma prestancia que si tú lo buscaras en un comercio electrónico, que, junto al empleo precario y el precio de los alquileres, es lo que está acabando con el pequeño comercio. Para las grandes empresas la situación es igual o mejor. Dejando de lado el aburridísimo capitalismo básico, el moderno anarcocapitalismo clandestino virtual funciona con la misma eficacia que un ascensor esquivando la opresión injusta del pueblo. Usa la contabilidad imaginativa. Crea, con dinero público desviado o con pequeños e incautos financieros confiados, inversiones de capitales en paraísos fiscales para materializar un dinero invisible y pertetuum mobile en forma de ladrillo inmobiliario. Un orden de empresa innovador y espontáneo, surgido de las ideas de Friedrich von Hayek, análogo al funcionamiento organizativo de la basílica de San Pedro del Vaticano mezclado con el de un todo a cien. Su premisa : el interés personal, el yo de nuestra máscara social, nuestro ego maquillado que vive en el temor y busca por ello el poder para controlarlo, es beneficioso para todos.

El yo es el revolucionario Che Guevara que todos los capitalistas llevamos dentro y que se caga en sus ideales en cuanto entra en unos grandes almacenes. No busquemos el origen de todo esto en las conspiranoias. Está en nosotros mismos y en el peor mal que se pudiera haber apoderado del mundo, la cursilería; este diluvio universal sin carácter apocalíptico en el que vivimos, hecho de corcho blanco que amortigua todos los golpes que nos deberíamos haber dado. Es ese paradigma de la modernidad que consiste en decir cosas que no significan nada para gente que no comprende nada. Una enfermedad de origen público, el extravío de varias generaciones que no se aceptan y escapan hacia ninguna parte. Una cursilería que obliga a huir de lo cursi, aboliendo las clases sociales y el maniqueísmo, para caer en aún peores cursilerías. Bajo lo cursi siempre late una forma sutil de odio. De sonreír ante Brigitte Bardot amando a las focas uno acaba votando a Le Pen. Si les parece un pensamiento cruel, sepan que en Francia el nuevo giro de tuerca de esta fuerza centrífuga y centrípeta a la vez ha hecho que la extrema derecha francesa abrace la defensa del medio ambiente.

La ecología denostada por el primo de Rajoy no deja de ser un tipo de conservadurismo. «Preservar lo nuestro» es una frase trampa. Lo nuestro no es nuestro, es de todos. La idea de que hay una patria, una tierra, un pueblo, una historia y una lengua que nos separa de otros la vemos en la cursilería nunca mencionada de la pasión por el neoclasicismo de Trump, la necesaria caza cinegética de Putin, en Quim Torra recibiendo amor ante el Arc deTriomf, en los paseos a caballo de Abascal, en el PSOE y Podemos figurando la alegoría de la unidad, en el festín de anécdotas tragicómicas de Ayuso o Casado. El mundo siempre se mueve en horizontal o en vertical. En círculos no se mueve ni el Sol, que lo hace en elipse, consecuencia directa de la mecánica newtoniana que tampoco es de nadie, es nuestra de todos los que nos movemos a su son.

(*) «Los odios entre parientes cercanos suelen ser los más encarnizados»

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