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Los niños saben vivir

Todos deseamos sentirnos bien. Ansiamos conseguir un cierto grado de bienestar. Sin embargo, para muchas personas los fracasos superan a los éxitos. Y viven tristes y frustradas, pensando que todas las desgracias les suceden a ellas. Sin embargo, si deciden buscar la oportunidad en cada dificultad, en vez de quedarse paralizados ante la idea de la dificultad en cada oportunidad -parece un trabalenguas, pero tiene mucho significado; léalo de nuevo-, las cosas cambian. Y cuando los vientos de cambio soplan, algunos construyen refugios y se ponen a salvo. Otros, como dice Claus Moller, edifican molinos de viento y se hacen ricos.

O sea que si la vida es un conjunto de oportunidades, en nuestras manos está la elección. Como también lo está el escoger qué tipo de estado mental deseamos. Podemos elegir cómo ser en cada momento, cómo vivir, qué pensar, qué decisiones cambiar, qué emociones vivir. Y usted, ¿qué prefiere? ¿Estar triste o alegre? El precio es el mismo. Pero el resultado no. Vivir en un estado de alegría es mucho más rentable. Es cierto que requiere esfuerzo mental. Pero es posible. Y por la cuenta que nos tiene... al mismo precio.

Hace unos meses, en un taller, al que asistí en Miami, sobre "Curación emocional", uno de los ponentes, que exponía las herramientas que podíamos llevar a cabo para alcanzar la felicidad, refería que observar minuciosamente a los niños podía ayudarnos a alcanzar ese estado que tanto idealizamos. Quiero compartirlo con ustedes, porque me parece muy interesante.

En primer lugar, nos decía, los niños hacen amigos fácilmente; en cualquier parte. No les preocupa ser rechazados, es más, el rechazo ni siquiera es una idea que cruce por su mente. Son desinhibidos y en ningún momento se les pasa por la cabeza la idea de pena o ridículo. Además, son curiosos y no guardan rencor. Tienen peleas, por supuesto, pero cuando se acaban no siguen pensando en ello constantemente, ni siguen atravesados por el coraje durante semanas; tampoco hacen chismes, y todo porque no están contaminados con comedias románticas y dramáticas que tergiversen el verdadero valor y esencia de las relaciones humanas. Por otra parte, los niños no tienen miedo de mostrar sus sentimientos; expresan lo que les gusta, pero también lo que les desagrada.

Interesante, ¿no? Y completo. Porque habla de comunicación, empatía, amistad, fluidez, curiosidad, franqueza, asertividad, ausencia de rencor, juicios y resentimiento. Y, además, es económico.

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