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Butaca de patio

Hildegart, cara y cruz

La historia de Hildegart Rodríguez (Madrid, 1914-1933) representa uno de los sucesos más terribles ocurridos durante la Segunda República y al mismo tiempo una muestra de las contradicciones en la conquista de las libertades por parte de las mujeres. Concebida por su madre, partidaria de la eugenesia, como una criatura de laboratorio, con un padre sacerdote tan sólo utilizado para la gestación, Hildegart fue una niña y más tarde una joven prodigio que hablaba varios idiomas desde pequeña y se licenció en Derecho con 17 años. Dirigente de las Juventudes Socialistas y después de opciones republicanas más radicales, se convirtió en una experta en temas de sexualidad y su brillantez y precocidad resultaron admiradas en toda Europa. Pero según crecía, Hildegart se emancipaba de la tutela materna, algo que Aurora Rodríguez Carballeira no pudo soportar. Una noche de junio de 1933 la madre disparó tres tiros en la cabeza y uno en el corazón contra su hija y el brutal asesinato conmocionó al país entero. Aurora nunca se arrepintió de aquel horrible crimen y se limitó a argumentar que había procedido como el escultor al que desagrada su obra y, por ello, la destruye. Es decir, tiene todo el derecho a destruirla. Un jurado condenó a Aurora a largas penas de prisión y aquella madre, que había intentado crear un monstruo, pasó sus últimos años en el manicomio madrileño de Ciempozuelos donde murió en 1955 a los 76 años de edad.

Aquel espeluznante episodio, apenas conocido durante los años del franquismo, fue rescatado en la Transición tanto por el cine, Mi hija Hildegart, dirigida por Fernando Fernán Gómez, con Amparo Soler Leal como protagonista; como por el teatro en versión de Fernando Arrabal; como en la literatura. Pasadas unas décadas, la novelista Almudena Grandes ha retomado la historia como hilo conductor de La madre de Frankenstein, donde se centra en el cautiverio de Aurora para retratar la miserable y gris España de los años cincuenta. Entre la fabulación y los hechos reales, Grandes cubre esa laguna entre 1933 y 1955 cuando la figura de la madre asesina se difumina y se pierde en la niebla de un psiquiátrico. La materia novelesca, pues, está servida. Porque pocos personajes pueden ejemplificar con más potencia que Aurora los idealismos, los fanatismos, las buenas intenciones alfombradas de repugnantes crímenes o la convivencia entre lo más sublime y lo más abyecto del siglo XX. Como telón de fondo de la novela hallamos el uso despiadado que la dictadura hizo de la psiquiatría para sofocar cualquier disidencia, cualquier conducta que se escapara de la norma. Asimismo, de algún modo, la historia de Aurora reflejó hasta qué punto podían llegar los desvaríos de crear un hombre nuevo o una mujer nueva, unas locuras que en los casos de Hitler o de Stalin acabaron con la vida de millones de personas inocentes. Como pretexto, tanto aquellos sangrientos dictadores como la pobre Aurora, se sirvieron de la eugenesia, una doctrina letal destinada a mejorar la especie. Hildegart significó una expresión máxima de la cara y la cruz de unos tiempos convulsos donde se entremezclaron los ideales con la crueldad.

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