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Abro hilo

La primera que llevó pantalones

Se llama Catalina. Es pequeña y avanza agarrada firmemente a su bastón por las calles del Casc Antic. Es una de sus vecinas más queridas. "Tengo 91 o 92 años, ahora no sé", me dijo el otro día. Cuando me ve pasar con la bicicleta se acuerda de cuando ella era joven e iba rodando por las calles de Sóller (con su gato al hombro, me asegura). Hasta que se casó: "No estaba bien visto que las mujeres casadas fueran en bicicleta", me cuenta.

Me cuenta muchas cosas. Como cuando se compró, de escondidas de sus padres, unos vaqueros. "Salíamos con un amigo que tenía una barca, y cuando girábamos y ya no se nos veía desde el puerto, nos los poníamos". Tampoco estaba bien visto que las chicas llevaran vaqueros. Y no hace tanto tiempo de eso. A sus 91 (o 92) años sale a pasear y a comprar, lee los diarios, se mantiene al tanto de la actualidad y siempre muestra su disposición a movilizarse si el barrio la necesita (ya ha estado muchas veces detrás de una pancarta). Catalina se declara feminista: "Claro que sí". Supongo que se han hecho a la idea, pero por si acaso lo reitero: Catalina es tan total como necesaria.

No tengo todas las respuestas sobre el feminismo. No me caen bien todas las mujeres (lo dice Caitlin Moran: "Si una persona es imbécil, es imbécil, con independencia de que a ella y a mí, en conciertos y fiestas, nos toque esperar o no en la cola más larga para entrar al baño") ni estoy de acuerdo con todo lo que dicen o hacen todas las mujeres que se definen como feministas. El propio feminismo no es monolítico y no tiene respuestas uniformes a todo ya que según avanza el movimiento, se incluyen reivindicaciones y aparecen nuevos debates. Hay acciones (publicitarias, institucionales, simbólicas...) que dudo que sean feministas, por más que se venda que se hacen en nombre de la igualdad. Y hay otras cosas que directamente tengo muy claro que no lo son, como ser un rancio machista todo el año y ponerse un lacito el 8 de marzo y dejarlas hablar a ellas. O fomentar la cosificación de la mujer y después intentar vender camisetas con un We can do it o algo similar escrito en lila. Tengo dudas, tengo contradicciones, a veces las gafas lilas se me empañan (aunque no hay manera ni intención de quitárselas: siguen siendo necesarias).

Otras veces veo el feminismo, sin duda, ni debate, ni matices. Cuando me cruzo con Catalina y su alegre rebeldía y sus ganas de luchar a sus "91 o 92 años". Cuando veo a madres cubriéndose unas a otras para facilitarse un poco los malabares cotidianos que son sus vidas, a la espera de que el Gobierno fomente con valentía una conciliación real. Cuando veo a jóvenes creando asociaciones y preguntando a las mujeres de su pueblo qué actividades les interesaría hacer (y dedicando su tiempo libre a organizarlas: de talleres de alfabetización digital o cursos de autodefensa, a sesiones asesoría legal o de salud).

También lo veo por la tele, cuando salen esas mujeres iraníes que desafían al sistema y reivindican su libertad quitándose el velo o bailando por la calle. O cuando me encuentro en redes con una foto tomada el otro día en Lesbos, en medio de la última crisis de refugiados vivida en las costas griegas: tres abuelas dando el biberón al bebé de una refugiada siria recién llegada en patera (del papel de la Unión Europea con los refugiados en estos últimos días vomitamos, digo hablamos, otro viernes). Y lo veo en hombres que sin grandes aspavientos y sin ponerse una capa de superhéroe viven con naturalidad la corresponsabilidad del trabajo doméstico o la crianza. Y en las jóvenes que le dicen a su colega: "Pasa de este tío, no te trata bien". O en las personas que no giran la cabeza cuando ven a un hombre gritando y poniéndose agresivo con una mujer en la calle.

Ahí veo y siento el feminismo sin 'peros'. En la base, en las calles, en las acciones y actitudes cotidianas de muchas mujeres y hombres. Y ni la clase política, ni el sistema capitalista, ni el postureo institucional podrán con eso. Ni con eso ni con Catalina.

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