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El asno de Buridán

Siempre creímos que el velociraptor era una especie extinguida o extinta (lejanamente emparentada con el sepionet); creímos que un meteorito o un vete tú a saber qué acabó con el animalario existente hace 75 millones de años, pam dalt pam baix, claro, que tampoco iba a ser el 14 de abril a las 11:30. Pero no. Contra toda evidencia del sentido común y la experiencia, ha bastado la aparición de un virus para sacarlos a la luz y de su estado de hibernación o aparente normalidad.

Así como los vampiros y toda la estirpe de los Drácula salen desde sus tumbas a la oscuridad de la noche y están abiertos hasta el amanecer, los velociraptors, sin distinción de género (aquí quiero decir sexo y no familias o subfamilias), salen a la luz del día, en horario comercial de supermercado, es decir, de 9.00 a 21.00 en horario ininterrumpido. El velociraptor, como su nombre en latín indica, es un «saqueador veloz». Es un carnívoro, omnívoro y bípedo, con una cola larga y rápida. Posee un hambre insaciable y almacena compulsivamente cantidades ingentes de lo que sea: le da lo mismo que sean mascarillas que pasta de dientes, garbanzos que lentejas, aceite que patatas, bandejas de carne que muslo contra muslo (1 a 0), chorizo ibérico que llonganissa de pasqua o, como decía María, la hija de Marisol, penne, anellini, spaguetti, mafaldine, stortini, fusilli, gnocci, rigatoni, farfalle, conchiglie, mezze lune, fetuccini o ravioli.

Con todo, son dos las cosas más sorprendentes de los velociraptor, y lo son por desconocidas y porque no las vimos en la película: el velociraptor tenía plumas y no como en Jurassic Park que aparecen superdepilados con Deliplus. La segunda es que, contra toda evidencia del sentido común y de la experiencia, si tu le pones al velociraptor, como al asno de Buridán, que moría de sed y hambre incapaz de decidirse por el trigo o el agua, un solomillo a la derecha y un paquete de 12 rollos de papel higiénico a la izquierda, digo, a favor de la tesis del loco albedrío de Jean Buridan discípulo de Guillem d'Ockham, el velociraptor se lanzaría de cabeza a por el papel higiénico, porque posee una impulsiva necesidad evolutiva de limpiarse el culo cada dos por tres, quiero decir, cada tres por tres y dos más por si acaso.

En fin. Uno esto tan velociraptor como el que más, pero mucho más lento y me tocó el solomillo. Así que aquí estoy: sentado en el bidé y leyendo «El infinito en un junco», que no trata de papel, sino de papiro y pergamino. Mientras, todo pasa.

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