No sé si es buen momento para ver La trinchera infinita. Sin embargo, la película es ahora significativa y ello mejora la disposición a ver una obra con fama de difícil. No lo es. Jon Garaño y los directores de la película han sabido esquivar los peligros de una historia que podría tornarse asfixiante, aburrida y trivial. Lo hacen porque la película se centra en la evolución psíquica del personaje, Higinio, representado por Antonio de la Torre, que bien dirigido logra interpretaciones auténticas. En principio, la historia podría haberse centrado en la producción de terror que produjo la Guerra Civil, y en la obsesión de venganza que inundó el ánimo de muchos nacionales, que se negaron a abandonar la condición de vencedores durante décadas. Esto habría hecho de Higinio un personaje digno de compasión, capaz de despertar nuestras simpatías.

Sin embargo, no es así, y ahí descubrimos un hallazgo de esta película. Aunque en la primera parte simpatizamos con Higinio, los directores no dudan en presentarnos poco a poco a un ser humano al que le podemos lanzar reproches. Al final, Higinio es un personaje antipático y, aunque sentimos piedad por él, lo vemos como un pobre diablo. En este sentido la película es rotunda, alejada de esa cierta blandura que vimos en Mientras dure la guerra. El trabajo de los actores es superior en La trinchera infinita, porque han sabido conservar el lenguaje oral y mímico realista de los personajes, y alejarse del lenguaje estándar que nos dejaba más fríos en la película de Amenábar, más tecnificada, pero sin vida vibrante.

Al final, la idea se impone. Ser víctima no concede justificación moral absoluta a todo lo que se haga el resto de la vida. No hace mejor a nadie. Sea cual sea el motivo inicial del topo Higinio, su evolución camina hacia la indignidad. Apegado a su estatuto de víctima, no parece luchar por dejar de serlo. Ampliando hasta límites inverosímiles la flexibilidad humana, se mantiene cómodo en el metro cuadrado de su escondite, adaptado a él. Sin embargo, la película nos muestra con frialdad que los topos tienen también almas estrechas. La suya es fea y cuando la identificamos nos produce repulsión. Por eso la película no es complaciente con el personaje, que poco a poco pierde todos los rasgos bellos que tenía, mientras Rosa-Belén Rueda, su esposa, se mantiene incólume e íntegra. Todo esto es un acierto, y bastaría para hacer de La trinchera infinita una buena película. Sin embargo, creo que su acierto más poderoso es la capacidad de mantener siempre esa raya que comunica los dos mundos, ese agujero de luz que vincula el adentro y el afuera. Estos nunca son espacios completamente cerrados. El film tiene momentos muy bellos justo cuando fractura nuestra óptica y nos hace ver como ven los topos, deseando aclarar los rasgos, completar la escena, seguir los indicios de vida que nos llegan de fuera. Y entonces esa cámara descentrada nos introduce en la experiencia central del film, la creciente miopía del personaje, la esclerosis de su cristalino, la incapacidad de identificar lo que está pasando. Y lo que pasa fuera es que todos saben que el topo está allí. El suyo es como ese rumor secreto que en la época marcaba a las personas homosexuales, un bisbiseo, un gesto, un roce, una señal. Ahora hago un mínimo spoiler, pero solo para decir que, cuando el personaje se aventura por fin a salir, es saludado con la normalidad del que siempre estuvo allí.

La trinchera infinita no era solo la suya. Era también la de un régimen que solo consideró sobreseídos los actos anteriores a 1939 treinta años después. Por aquel entonces, topos miopes eran ya unos y otros, el vecino de El Pardo y el de Arahal. Al margen de ellos, afortunadamente, la realidad evolucionaba para dotarse de las imperfecciones tolerables y llevaderas, una evolución simbolizada en la luminosidad de las casas bien encaladas, que encandilan al recién liberado de la caverna. La significatividad de esta película para el presente no está en filmar el mito filosófico por excelencia, la salida de la caverna, ni en simbolizar eso que Kant llamaba la pereza de la minoría de edad. Tampoco en que ahora nos veamos todos un poco como topos, cuando debemos alterar de forma drástica el ritmo de los pasajes entre el adentro y el afuera, la clave de todo arte de vivir. La significatividad mayor para el presente reside en que nos hace sensibles para preguntarnos si formamos parte de los instalados en trincheras infinitas. Higinio nos indispone con la idea de ser uno de ellos. Nos lo hace antipático. Y esa es una ganancia pedagógica formidable.

Sin embargo, parece que hay muchos paisanos en trincheras infinitas. Hemos visto algún twitter burlándose del número de muertos en Madrid, como el de la Sra. Ponsatí, jaleado por su jefe Puigdemont; hemos oído a gente que confiesa que el virus en Cataluña es diferente al del resto del país; y hemos visto que esa misma señora protege a su niño en su cunita con todas las variaciones posibles de la 'estelada'. Esta señora, con responsabilidades políticas en el área de salud pública, parece estar muy contenta ante el infalible ensalmo. Hemos oído a políticos calificar el virus como propiedad exclusiva de un país, China, que merece nuestro respeto; hemos oído a Torra exigir el confinamiento de Cataluña como si fuera el anticipo de una trinchera o de una frontera, explicitando su deseo obsesivo, que exige interpretar el presente sanitario desde la clave hermenéutica de la independencia.

No estoy muy seguro de que todo esto se haya manejando del todo bien. pero en todo caso sé que el mal viene de lejos. No se puede llevar adelante un programa consciente de atraer población hacia la Comunidad de Madrid y, al mismo tiempo, disminuir impuestos, desmantelar servicios públicos, retirar camas de hospitales, reducir personal sanitario, incitar hacia una privatización masiva de servicios sanitarios, en cuyos contratos, perdida entre la letra pequeña, está prevista la indefensión en casos de excepcionalidad. Esta trinchera infinita, ideológica, perenne, obsesiva, no es menor, y ahora se ven las consecuencias. Una política territorial equilibrada, como ha impulsado Alemania desde la Segunda Guerra Mundial, ha permitido que el país cuente con más de mil laboratorios capaces de desplegar una política de control antiviral y así aislar o tratar a los enfermos antes de que estén graves. Por ahora, el número de muertos allí es menor al de cualquier país. Son enseñanzas que deben entrar en el raquítico cerebro de los instalados en la trinchera infinita de la centralización, la acumulación urbana y el neoliberalismo privatizador. Tampoco se debió ceder al fetichismo de la celebración y exponer al posible contagio a cientos de miles de personas, a cambio de una momentánea autoafirmación ideológica. De este modo se confesó la propia fragilidad, justo por la necesidad de aprovechar cualquier oportunidad para fortalecerse.

Todo esto pone de manifiesto que la miopía creció exponencialmente en esa caverna de las redes sociales, que fomentan la miopía y la estrechez de espíritu de los topos. Sin embargo, la realidad siempre estuvo allí. La sensación de alivio que percibe el espectador de La trinchera infinita es que, afuera, la comunidad despliega su vida de forma tolerable. Durante un tiempo, nuestra sensación fue la contraria. Rodeados por completo de trincheras, vivimos un asalto permanente al sentido común desde el fuego cruzado de los combatientes. Es hora de recuperar la flexibilidad que reclama el conocimiento de una realidad mudable. Es hora de explorar la realidad, de ser valientes y cautos a la vez. Y esto significa ahora que el Gobierno no puede proclamar el estado de alarma sin medidas económicas convincentes. No puede ser hiperdisciplinario sin ser solidario. Con claridad, quizá sea el momento de impulsar la renta básica para los necesitados.