21 de marzo de 2020
21.03.2020
Levante-emv

¡Salve, coronavirus!

21.03.2020 | 18:59
¡Salve, coronavirus!

Creer que para llegar a la curación del virus mundial haya que pasar por el raciocinio equivale a suponer que para comprender el cálculo infinitesimal es necesario conocer la tabla pitagórica; o que para entender que las ostras son afrodisíacas, se debe saber que todo estimulante no es más que un producto alineante.

La vacuna llegará de manos de esforzados médicos que exprimen sus meninges y, con el alboroto, la gente seguirá ignorando la diferencia entre una infección bacteriana y una viral: los de siempre insistirán en tomar antibióticos para vencer su próxima gripe, por si acaso. Y los nacionalistas seguirán peleando con otros nacionalistas sin darse cuenta de que en España no existe un problema de fronteras, sino de franquicias.

Pero estos días se está subvirtiendo, muy ligeramente, con un altísimo coste de vidas humanas y de privación de libertades, nuestro sistema de valores basado en el provecho. ¿Era papá estado quien debía haber impedido con fuerzas policiales la celebración de la Cridà y anular la celebración de las Fallas o debió haber sido nuestro sentido común? El imperativo de la ganancia económica hubiera estallado en miles de protestas hasta que las cifras de víctimas en Italia nos hubieran convencido, demasiado tarde también, de lo contrario.

Muchos siguen yendo a trabajar en unas condiciones lamentables porque algunos jefes, que -pásmense- cumplen en la empresa la misión de sindicalistas, hacen la vista gorda y porque los militares no entran en las oficinas a obligar a que los empleados usen máscaras. El empleado modelo es el que, como un héroe, no la usa, y el mal trabajador es el que se queja de estar poniendo en riesgo su salud y la de toda la población. Es como en el teatro moderno: se llama amor a la historia de un hombre que se va a la cama con la mujer de otro y si, además se mezcla el dinero, se llama teatro intelectual. Para algunos sigue no habiendo razón más justa que la de ¡Es la economía, imbécil!

El outcome, el producto beneficioso de todo este dolor, es mucho. Hemos retomado relaciones que cortamos por la lucha de nuestros egoísmos. Los pájaros han vuelto a tomar las aceras. Podríamos haber enviado un e-mail en vez de haber concertado esa costosa reunión. Podemos existir sin fútbol. Sin crispación. Vivir en el pueblo de nuestros padres. Cultivar nuestro jardín. Se ha demostrado que el mundo puede seguir girando sin la presión de la economía de mercado; la que nos obligaba a comprar un coche, invertir en un piso, gastar por encima de nuestras posibilidades. Y sí, podíamos haber vivido con lo básico. ¿Recuerdan las medidas económicas de choque introducidas para destruir la red de seguridad social que existía en Occidente o en Rusia? En este país eslavo, ahora muy callado, la eliminación repentina de subvenciones a los productos básicos hizo que fueran difícilmente accesibles para la gente común. La crisis económica se intensificó durante la década de 1990 y cuando alguien habló de «genocidio económico» Yeltsin respondió eliminando el poder del parlamento. Veremos cuánto poder le queda ahora.
Si esta crisis hubiera tenido lugar en los 90, estaría justificado vender las industrias privadas a empresas privadas a un precio inferior al real, pero ya lo hicimos cuando no era tan preciso. Ahora no han sido los comunistas los que han desposeído de sentido un sistema de oligarquías empresariales, sino el propio sistema. La violencia de los revolucionarios o el terrorismo ha sido sustituida por los despiadados virus al que los poderosos menospreciaron a pesar de las advertencias de los científicos. Sacaban más dinero distrayendo a la sociedad con deportistas millonarios. Si todo esto acaba, la gente saldrá a los bares abandonados, pero también, hastiados de mensajes telefónicos y películas en pantallita, valorarán cosas tan despreciadas como la lectura, el teatro o la música en directo, y también la amistad, la compasión, lo lícito frente a lo legal.

El modelo de libre mercado ha aprovechado que el comportamiento irracional de los compradores era apropiado y útil. Era el resultado lógico, aunque impredecible, de diagnósticos evaluados mediante síntomas, no por causas reales. El estado ha sido hasta ahora simplemente un mecanismo de control social que calculadamente mantuvo el poder fuera de las manos públicas. Los objetivos de rendimiento, las estadísticas y las cifras, han sido la trampa donde se enjauló a sí mismo.

El Gran Fele me explicó que la gente, muy sensible con la naturaleza, no entiende que sobren leones. La población de animales antes libres se multiplica, porque ya no hay depredadores. Ni se matan cebras en el zoo para alimentar a los felinos grandes: comen pollo procesado. Nuestra sociedad está compuesta por sentimentales. Todo es sensibilidad y sueño, pero somos sentimentales que no comprendemos lo que son los sentimientos. Pero forzados a ser misántropos a nuestro pesar, existe una mínima posibilidad de que la gente vuelva a escuchar a Beethoven y entienda por algún tiempo las palabras que Shiller dedicó a la alegría: «Al gusano se le concedió placer y, al querubín, estar ante Dios.»

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