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Show oculto

Una señora toma el sol de pie, apoyada en la barandilla del balcón de su piso, un cuarto. Esos rayos saben a gloria en esta primavera temprana de confinamiento. A pocos metros, en otro balcón, un padre y un hijo charlan. Muy concentrados en una conversación que quizás llevaban mucho tiempo sin tener y que, mira por dónde, ha surgido en esta tesitura del "quédate en casa". En un entresuelo, con una gran terraza comunitaria pero sin puerta de acceso desde los pisos, una madre ha sacado a su hija pequeña en pijama y botas por la ventana para que airee.

Son poco después de las cinco de la tarde en este patio de luces que podría ser todos los de España. Es el día número 14 del encierro en los hogares por el puñetero y maldito coronavirus. Y quedan menos de tres horas para que este patio de luces se venga arriba. A las ocho -hora de los aplausos al personal sanitario- estallará el jolgorio.

Al principio era contenido. Pero ahora se ha perdido la timidez. Los moradores esperan como el agua de mayo que el reloj marque esa hora. Lo de aplaudir es lo de menos, no porque no sea importante, sino porque la cita se ha convertido de paso en excusa para abrir la ventana y gritar, desahogar, quejarse, reclamar, saludar, divertirse?

A un vecino se le ha ocurrido enchufar a todo volumen el célebre y ahora tan de moda "Resistiré" del "Dúo Dinámico". Hoy mismo otro se ha adelantado media hora con el himno de su equipo de fútbol. Hay uno que lanza petardos sobre la terraza por la que paseó la niña. Muchos aprovechan para saludarse, ya que ahora no se ven en la calle. Es también buen momento para recoger la ropa del tendedero (ya se nota que los días han crecido) o para marcar el fin de la jornada: toca bajar persianas y sentarse a cenar. No falta la cacerolada, por supuesto.

Es el mundo oculto de las ciudades ahora descubierto. El de los patios de luces. Esos que quedan al otro lado de las fachadas de la vía pública y a los que solo tienen acceso en exclusiva el puñado de residentes cuyos pisos dan a ellos. Una especie de "plazas mayores" que desde que el coronavirus ha llegado a nuestras vidas (si es para quedarse, que sea de forma ordenada y controlada) sirven de catalizadores de los sentimientos de una población que por momentos no se cree el absurdo en el que se ha convertido su vida. Emociones a flor de piel.

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