Hay dos tópicos que muchos de nosotros usamos en estos días. Uno, es el de «volver a la normalidad». Otro, «esto también pasará». En el fondo, creo, coinciden en algo que, a estas alturas, ya sabemos que es falso: la idea de que la pandemia es un paréntesis, un fenómeno puntual que acabará antes o después y, por tanto, que su superación hará posible volver al orden de cosas en el que vivíamos. Lo repetimos -yo lo he hecho- en conversaciones, en redes, en correos: «cuando volvamos a la normalidad», haremos esto o aquello, examinaremos las responsabilidades, revisaremos nuestras prioridades.

Sin embargo, cada vez parece más claro que carece de sentido hablar así. No sólo porque su llegada en un momento en el que se acumulaban los indicios de una cierta recesión, sino porque, a todas luces, su impacto en el orden laboral, económico, como ha reconocido K. Giorgieva, la presidenta del Fondo Monetario Internacional, nos deja a las puertas de otra gran depresión. Además, esta pandemia, lejos de lo que inducen a pensar imprudentes plantemientos, no se acabará en este trimestre, sino que ha venido para quedarse un tiempo: se ha previsto una segunda ola en otoño, para la que afortunadamente estaríamos más preparados, pero lo cierto es que, hasta que no haya una vacuna que se pueda administrar masivamente, lo que llevará, según nos acaba de recordar la OMS, hasta doce o dieciséis meses, tendremos que convivir -cada vez mejor, eso sí- con este virus. Pero lo más importante es esto otro: la pandemia no nos obliga a un paréntesis, no es algo pasajero, sino que anuncia cambios profundos, incluso trascendentales. Este coronavirus ha supuesto para una buena parte de la humanidad un auténtico «parón en seco», obligado, de nuestro modo de vida. Y nos anuncia un mundo distinto.

La cuestión es cómo afrontar esos cambios: si debemos poner nuestro empeño en resistir también frente a ellos o si, más bien, debiéramos emplear nuestros mejores esfuerzos en prepararnos para tratar de aprovechar esta oportunidad que nos ofrecen. Esta, para mí, es la clave: entender que, como en toda crisis de envergadura, lo que se nos abre es un desafío y, como tal, insisto, una oportunidad.

Déjenme que ponga un ejemplo que al menos simbólicamente, no me parece menor. En este objetivamente corto período de tiempo (aunque lo vivamos como interminable, porque sabemos del carácter subjetivo de la dimensión temporal), se ha constatado una considerable disminución de la contaminación atmosférica. Algunos han utilizado la eficaz metáfora de que la pandemia ha conseguido lo que no lograrían mil Greta Thunberg, ni la multiplicación de movimientos como Extinction Rebellion. Y este es un acontecimiento que me parece significativo, al menos en un doble aspecto. En primer lugar, porque ha acreditado la relación causa efecto entre nuestro sistema de movilidad basado en combustibles fósiles (tanto en el tráfico de automóviles, autobuses, camiones, como en el aéreo) y la contaminación, la irrespirabilidad del aire, en el contexto de una pandemia que es precisamente respiratoria. Y es significativo, sobre todo, porque ha demostrado que es posible obtener los objetivos de la Conferencia de París, aunque haya sido contra nuestra voluntad. ¿Podemos seguir aceptando, pues, la contradicción patente de la falta de voluntad política para alcanzar algo que está manifiestamente a nuestro alcance? ¿Qué legitimidad pueden pretender los actores políticos que sigan empeñados en ese suicidio, porque no les da la gana adoptar medidas en las que ahora sabemos, empíricamente, que nos va la vida, y no sólo eso que para muchos sigue siendo una abstracción, la vida sostenible del planeta?

Por eso, yo no quiero volver a la normalidad anterior. No quiero esa escala de valores, esa manera de entender la política que olvida o subordina siempre lo que realmente importa. Lo que importa es una noción de seguridad humana global y que por ejemplo, va mucho más allá de la noción clásica de defensa del territorio frente a amenazas armadas. Esto ya lo sabemos, pero no obramos en consecuencia en nuestra «normalidad». Hemos dejado que haya políticos que, en aras de equilibrios de mercado, hayan sacrificado la inversión en los medios necesarios (muy destacadamente, la investigación, la ciencia) para asegurar lo que realmente, de forma prioritaria, importa: la salud, la educación, una alimentación saludable que no esté supeditada a un sistema industrial regido por los criterios de competencia por reducir costes de producción para asegurar el beneficio de unos pocos y que envenena el planeta y sacrifica sin medida a otros seres vivos. No quiero volver a una normalidad que desprecia las condiciones para una vida digna, sobre todo en la vejez y en la enfermedad. Todo ello exige, sin duda, revisar nuestra forma de entender las relaciones con los demás y en particular con los que hemos acabado por construir como desechables, vidas que no importan, como ha eplicado la filósofa Judith Butler, las de los que encarnan de una forma u otra las concreciones de los damnés de la terre, en palabras de Fanon, los que no pertenecen a nuestra tribu (aunque nos horrorice ese término que atribuimos a los bárbaros, no a gente civilizada como nosotros). No quiero volver a ese mundo que vive como normal en infierno de Moria. No quiero volver a esa normalidad en la que los ancianos estorban, a los que lloramos hipócritamente después de haberlos confinado, confinado, sí, fuera de nuestra vista. No, a esa normalidad, no.