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Sin tregua

Sábado de pechugas

"Papá, quiero ir contigo". Ayer fue la primera vez que Selva pidió salir a la calle. Lo hizo cuando Vicen se vistió de algo parecido a un astronauta para ir a por víveres: la nevera estaba ya temblando. Compró para, aproximadamente, una semana, porque de cumplirse el mejor de los pronósticos todavía nos quedan 110 horas encerrados en casa, aunque mi vecina, que es enfermera, hace cálculos más largos. Le explicamos una vez más a Selva por qué no se puede ir al parque, sin mentirle, pero edulcorando la realidad. Sus peticiones de "libertad" llegaron en un momento de cierto cansancio, lo que en páginas especializadas empiezan a llamar "bornout parental".

Pero esto sigue, y lo saben todos los padres tan bien como yo. Sin tregua, sin pausa... Así que respiramos hondo y pensamos qué hacer. Como era sábado creímos que era bueno descansar de las tareas del cole, para diferenciar el día de los cinco anteriores. Y decidimos hacer de la limpieza de un armario (estamos aprovechando, entre todo, para darle una vuelta a la casa) un juego: las prendas pequeñas en una montaña, las grandes para una bolsa? Y justo cuando estaban las torres de ropa en lo más alto, Mikel decidió tirarse encima. "¡Halaaaaa!". Luego, Selva: "¡Cómo mola, mamááá!". Ellos se divirtieron un buen rato, aunque la ropa quedó otra vez mezclada, la grande, la pequeña y la mediana. Por ser sábado también pensamos en elaborar alguna comida un poco especial, y blanda también, para que no proteste la recién nacida muela del juicio de Vicen: pechugas de pollo al Pisuerga, una receta que requiere paciencia y que ya viene de cuando estudiábamos Periodismo en Bilbao. Selva empanó los filetes y se lo pasó en grande. Mikel no cocinó. Echó la mañana en corretear con su inseparable moto rosa. Después de la comida, la cocina se transformó en una sala de juegos: echamos una partida a la escoba, al dominó y, lo más divertido, a un juego de equilibrio con piezas de madera. ¿Sabéis quién ganó?

Por la tarde, y por primera vez desde que comenzó la cuarentena, cambiamos una serie de dibujos animados por una peli: "Matilda". Conseguimos que los peques estuvieran tranquilos y entretenidos un buen rato, aunque Mikel prefirió matar el tiempo con un libro de poner pegatinas y pintar. Cuando se acercaba la noche se nos pasó por la cabeza aquello que hace nueve días nos parecía demasiado: hacer una acampada nocturna en el salón de casa. Esta vez no, tampoco lo hemos hecho, pero me da que falta poco para bajar del trastero la cuatro estaciones. Tiempo al tiempo.

De nuevo a las ocho salimos a la terraza. Selva nos preguntó si sus amiguitos del cole también estarían en las ventanas. "¡Claro que sí!", le dijimos. "Tengo ganas de verlos", añadió. Ayer hizo sonar la sartén del aislamiento por sus compañeros. Hoy haremos una videoconferencia con alguno de ellos para celebrar los minutos que llevamos en casa, que es donde todos tenemos que estar para ganarle tiempo a la vida.

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