Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Butaca de patio

Abuelos solos

En el verano de 2003 una impresionante ola de calor recorrió Europa y dejó un reguero de muertes, especialmente entre ancianos que vivían solos. Las crónicas de cadáveres de gente mayor hallados en sus domicilios, los reportajes sobre algunos familiares que se marcharon de vacaciones abandonando a los abuelos o las situaciones dantescas en residencias de ancianos conmocionaron al continente. Cierto es que estos rasgos de indiferencia se registraron más en los países del centro y del norte de Europa, menos preparados para el calor y menos proclives a las relaciones entre generaciones distintas. De cualquier modo, aquel infernal estío sirvió de toque de atención para corregir esa creciente tendencia social que considera a los niños como dioses, cuyos caprichos hay que satisfacer siempre, frente a los olvidados ancianos, arrinconados en lugares inhóspitos. Así las cosas, las sociedades consumistas y desenfrenadamente individualistas apuestan hoy por mitificar la juventud, la belleza, los cuerpos sanos y un bienestar con nombres ingleses (fitness, wellness, running€). En el otro lado de la balanza, asistimos a un desprecio de la experiencia, al desdén hacia la madurez, a la ignorancia de la transmisión empírica del conocimiento€ En fin, a unas claves infalibles y universales que han sustentado, y deben seguir sustentando, a las sociedades desde la Edad Media cuando se instauró la cadena del aprendiz, el oficial y el maestro en los talleres.

Cada día que pasa, desde la irrupción del maldito virus en el mundo en general y en España en particular, estamos viendo con horror en los medios de comunicación el impacto de la enfermedad en los mayores, muchos de ellos recluidos en sus hogares o hacinados en residencias de ancianos. Convendría recordar que unos dos millones de compatriotas, de más de 65 años, viven solos y de esa cantidad total, unos 850.000 ya han cumplido los 80. Ahora han saltado todas las alarmas, las buenas y las malas conciencias se han agitado y, de pronto, hemos descubierto que los ancianos representan el eslabón débil. Es innegable que el desamparo actual de muchos abuelos, que por cierto mantuvieron a multitud de hijos y nietos durante la pasada crisis, se ha mitigado por muchos gestos altruistas de familiares, vecinos, de entidades sociales. Pero esta crisis, que ahora es sanitaria pero que derivará en económica y social, debe hacernos recapacitar sobre nuestra actitud hacia los mayores. Su cuidado y el respeto que merecen no pueden quedar al albur de solidaridades individuales, sino que deben figurar como un mandato social. Porque la verdadera medida de una sociedad justa y agradecida se halla en el trato que concede a sus mayores. Y aparte de razones éticas voy a ofrecerles un argumento imbatible, egoísta entre comillas. Todos llegaremos a viejos y pediremos entonces la atención que creemos merecer. Como señaló el gran escritor irlandés George Bernard Shaw, la juventud es una enfermedad que se cura con los años. Quizá las nuevas generaciones no convivan con el envejecimiento de gente cercana. Pero aquellos que compartimos casa con abuelos y padres, cuando éramos jóvenes, aprendimos la lección. Una lección de aplicación obligada.

Compartir el artículo

stats