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Nos han crecido rastas

Empezamos la semana con ánimo. Ayer hizo un día de esos de manta, peli y zapatillas que, en circunstancias normales, nos habría gustado pasar en casa. Desayunamos preguntándonos cómo estará la montaña que tanto nos gusta, si las olas habrán dejado o no arena en la playa y si el viento habrá hecho remolinos con las hojas en el parque Selva tiene respuesta para todo: "A la montaña no podríamos ir porque nos hundiríamos con la nieve, para ir a la playa falta mucho, aún es primavera, y el parque igual está cerrado por el aire". Así de simple: donde mejor estamos es aquí, acurrucadinos en un sofá viendo el Circo del Sol.

A media mañana, algo más tarde de lo habitual, nos pusimos con las tareas del colegio. La profe nos avisó de que el segundo trimestre está a punto de finalizar, y que con él se da por terminado el último proyecto: los polos geográficos. A Selva no le sentó muy bien la noticia. "Quiero saber más cosas de los inuit", confesó. Le explicamos que puede seguir leyendo todo lo que quiera y seguir soñando, como anoche, que nos contó que durmió con su prima Julia en un iglú.

¡Qué cosas! Hace un mes una de nuestras mayores preocupaciones era dónde pasar la Semana Santa. Yo quería llevar a los críos a algún destino nacional en avión: Málaga, Sevilla... Vicen prefería un lugar cercano para visitar a amigos de Dicastillo, en Navarra; de Bilbao, de San Sebastián? Ahora solo pensamos en librar de un bicho que nos asusta, especialmente porque Mikel es asmático, y en cómo disfrutar de la mejor manera posible cada hora en nuestros setenta metros cuadrados.

Penas a un lado, y para hacer más llevadera la mañana, nos pusimos a los fogones. La intención era hacer patatas rellenas al estilo de mi madre, pero ni de lejos? Conseguimos una especie de patatas mexicanas, tal vez con exceso de picante. El día fue así para México. Por suerte no teníamos tequila en casa? Como ya nos pasó ayer no hubo siesta, porque Mikel con el cambio horario está que no está. La tarde fue entretenida: Vicen casi pierde la cabellera que le queda, que a estas alturas es más de la que cualquiera nos podíamos imaginar. Selva y Mikel, que, por cierto, ya gasta greñas, nos regaron la cabeza con geles, espumas, lacas y fijadores? Luego nos duchamos, sin pensar.

Por la noche, como siempre, nos asomamos a la ventana. Eran las ocho. Había menos gente que otras veces. Y es que ayer, ya lo decía Selva, no hacía día de andar por ahí.

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