06 de abril de 2020
06.04.2020
Levante-emv
Estrategias para el progreso

Las nuevas guerras del siglo XXI

06.04.2020 | 21:04
Las nuevas guerras del siglo XXI

No estábamos preparados para combatir el coronavirus. No lo estábamos en España, ni en ningún país de la Unión Europea, ni en Estados Unidos, ni en una larga lista de Estados hasta alcanzar una cifra superior a 160 en que el virus hace estragos. ¿Tendríamos que haber estado preparados para combatir el coronavirus? Difícilmente, pues nada comparable ha sucedido en las últimas décadas. No teníamos hoja de ruta y una y otra vez se acredita que los humanos no estamos preparados para afrontar lo desconocido: las nuevas guerras que nos trae la globalización en el siglo XXI.

La globalización nos había enseñado hasta la fecha, con todos los matices que quieran ponerse, el mejor de sus rostros; el acceso prácticamente libre a bienes y servicios de cualquiera rincón del planeta, pero sin duda tenía y tiene otros rostros. La pandemia del coronavirus es uno de los peores de los rostros de la globalización hasta el punto de causar una crisis global, muy superior a las que hemos conocido en las últimas décadas, incomparable a la última crisis económico-financiera surgida en EEUU en 2007 que hemos padecido en Europa más de una década. Ni los más pesimistas podían imaginar que un virus pusiera en jaque al mundo, comparable a lo que sucede cuando las guerras son mundiales. Solo que en esta guerra sus estragos visibles no son ciudades en ruinas. Sus víctimas no dejan rastros de sangre, el virus se las cobra en silencio en ciudades que parecen desérticas. Y parecería que los que mueren no tienen seres queridos, pues los velatorios están prohibidos.

En esta guerra el enemigo no discrimina a las personas por su nivel de renta, ni por la latitud en que se encuentra, aunque parece que selecciona a las personas de mayor edad: como si lo hubieran diseñado mentes diabólicas que quisieran liquidar al mayor número de personas que hayan cumplido 65 años. Ojalá no tengamos que exclamar como Hölderlin en su «Espíritu del siglo» a finales del siglo XVIII: «Dios de estos tiempos, bastante has reinado ya sobre mi cabeza, en tu sombría nube, por donde mire, todo es violencia y angustia, todo se tambalea y se desmorona».

La única solución que se les ha ocurrido a los expertos mundiales para que los ciudadanos podamos combatir individualmente y colectivamente el virus es la higiene de manos y el confinamiento de la mayor parte de la población en sus domicilios, pues como han demostrado los chinos en Wuhan de ese modo se reduce la expansión de la pandemia. Pero muchos millones de españoles siguen expuestos al virus, los sanitarios, los productores y transportistas de alimentos y demás mercancías necesarias para que sigamos viviendo, los empleados de los comercios que siguen abiertos, policías, militares y un largo etcétera de servidores públicos y particulares que permiten que los demás podamos seguir alimentándonos, comunicándonos, calentando nuestras viviendas, viendo la televisión, escuchando la radio, suministrándonos combustible para nuestros vehículos y satisfaciendo un largo etcétera de nuestras necesidades vitales. Son nuestros nuevos héroes a los que aplaudimos a las ocho de la noche desde nuestras ventanas y a los que estaremos siempre agradecidos.

Todo parecería indicar que estamos condenados a que el contagio alcance la mayoría de la población española y europea y solo nos cabe la esperanza de que los científicos encuentren pronto la vacuna contra el terrorífico virus. Mientras tanto será necesario seguir aislando a los contagiados, procurando que las víctimas sean la menores posibles y adoptando mayores medidas de aislamiento.
La guerra contra el virus no vamos a ganarla con tanques y cañones sino solo y exclusivamente con ciencia y organización. Si los científicos no consiguen descubrir una vacuna las consecuencias del virus pueden llegar a ser apocalípticas. Y del mismo modo sin mayores dosis de organización tampoco seremos capaces de superar el reto a que nos somete la pandemia.

Lo sucedido es una advertencia que debiera servirnos para planificar el futuro de nuestras sociedades teniendo en cuenta el rostro negativo de la globalización, para procurar preservar nuestras sociedades de futuras pandemias, que según dicen los epidemiólogos más reputados pudieran ser inevitables en el futuro próximo.

Tendremos que analizar lo sucedido y revisar la organización de nuestra sanidad y deberemos incrementar las competencias de la Organización Mundial de la Salud. Y lo que es más importante, será necesario lograr un pacto mundial en lo relativo a la experimentación biológica. No debiera permitirse que ningún país cree armas biológicas y debieran ponerse todos los medios para impedirlo.

Las medidas económicas adoptadas por el Gobierno son adecuadas, pero debe irse más allá. No tenemos ya ni los límites establecidos en el pacto europeo de estabilidad y crecimiento ni otros límites económicos y monetarios derivados de nuestra pertenencia a la Unión Europea. Todos los límites han sido levantados por la Comisión Europea que va a dedicar fondos significativos a la erradicación del virus y a la recuperación económica. El Banco Central Europeo también ha decidido inyectar cientos de miles de millones de euros a la economía de los Estados miembros. Hasta Luis de Guindos, que protagonizara la política económica de austeridad en la crisis económico-financiera iniciada en 2008, es partidario de inyectar dinero en las economías familiares, una renta mínima, una renta de emergencia diríamos nosotros para los menos favorecidos. Pero, además, el Gobierno no debiera dudar en ampliar las ayudas directas e indirectas que tengan por beneficiarios a los pequeños y grandes empresarios. Ya no es necesario elegir entre déficit y ajustes, ahora la única dirección es la de preservar la vida de las personas y de las empresas con la finalidad de que la recuperación de la economía española no tenga que hacerse sobre ruinas personales y empresariales. Nuestro déficit público y deuda pública se incrementarán, no cabe duda, y lo mismo sucederá en el resto de los Estados de la Unión. Y no sería razonable que el Gobierno no pusiera el mismo empeño que otros Gobiernos de la Unión en paliar los efectos de la crisis económica ocasionada por el coronavirus.

Se podría discutir sobre el contenido del Real Decreto por el que se declara el estado de alarma, o las medidas adoptadas por decreto-ley y las ordenes ministeriales que desarrollan el estado de alarma, pero en tiempos de guerra la deliberación debe ceder a la acción.

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