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Hoy he comprado regaliz rojo

Cuando sopesas la posibilidad de salir a la calle a dar un garbeo hasta que te encuentren las fuerzas del orden público, a ver si te encierran de una vez en otra parte, es que a lo mejor estás acabando tus reservas de paciencia. Lo digo por si el presidente del Gobierno anda recabando informes sobre si prolongar o no un par de semanas más el estado de alarma. Paso de ese pensamiento a otros mientras de mi boca manan sucesivos: come y calla, come por favor, calla por favor, no cantes en la mesa, come, venga, por favor como un mantra tóxico. Devoran como limas, pero despacio. Y yo soy esa madre que no pensaba ser. Igual que en una peli de Bruce Willis a un don nadie le brota el arrojo necesario para sacar a cincuenta personas de un rascacielos en llamas, a mí me salen todos los tics de progenitora pedorra que juré evitar. Come y acaba ya de una vez, quítate la mano de la cabeza, come o te juro que... "Jo mami, parece que no te gusta estar en familia", me dice ella risueña. Es increíble su capacidad para recordar cositas encantadoras de su vida antes del coronavirus. Anécdotas del comedor del cole y del patio, que relata a su hermano con todos los pormenores, muchas repetidas, entre bocado y bocado. "No te pasa a ti que estando aquí encerrados te pasan los días súper lentos", me pregunta mientras juguetea con la verdura del plato. "Pero ¿en serio? Si mi vida es pura trepidación. Come", le contesto. Se me ocurre que cuando esto acabe volveré a pedirle cita a mi psicólogo, creo que le necesito. Nos podemos reír juntos de las cosas que me preocupaban hace unos años. Le volveré a decir que sus sesiones han sido el dinero mejor invertido de mi vida. Sobre todo la técnica para espantar las ideas recurrentes de culpabilidad. Me ha venido de lujo esta mañana en el híper. Me he adentrado en el pasillo prohibido de las chuches y he comprado regaliz rojo. La lluvia de besos ha sido de antología.

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