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Matías Vallés

Por fin entiendo a Bacon

Mi primer Francis Bacon es una foto borrosa en la prensa madrileña. La imagen anunciaba una exposición del por entonces no muy famoso pintor en la Fundación Juan March. No es una forma impropia de descubrir al artista que nunca vio en directo el retrato del Papa Inocencio X a cargo de Velázquez, conservado en la galería Doria Pamphili romana, pese a que alcanzó la gloria reinterpretando ese himno a la brutalidad.

Aquel bulto sobre el papel de diario podía ser una masa fetal, por entonces ignoraba que la esencia del arte de Bacon consistía en "entrar en la carnicería y sorprenderme de no ser una de las piezas colgadas de los ganchos". También podría tratarse de un rostro distorsionado, en aquel momento no sabía que los ojos desorbitados en los autorretratos eran el resultado de la paliza propinada por un chapero, horas antes de someterse a la disciplina de pintar. Siempre por la parte trasera del lienzo, siempre con el modelo ausente y capturado a través de fotografías, siempre exponiendo la obra con un cristal protector. Marcando distancias.

Y sin embargo, en aquel borrón se imponía la fascinación truculenta, el contagio visual más potente que el viral. Mi sorpresa se vería amortiguada de haber recordado que Bernardo Bertolucci arrastró a Marlon Brando a la exposición de Bacon en el Grand Palais parisino, en la fase previa del rodaje de El último tango en París. Y que el cineasta tenía el catálogo a mano, para que el actor se inspirara antes de cada escena.

Durante años he escrutado a Bacon desde la certeza de que quería decirme algo. Pues bien, el momento ha llegado. He tenido que soportar su transformación en superventas, después de la mucho más insoportable elevación a los altares intelectuales. El sacrificio ha merecido la pena. Por fin le entiendo, ya era hora. El artista estaba pintando el enjaulamiento de Europa a principios de 2020, con los barrotes incluidos.

Bacon prefigura la violencia sofocada y sin estrépito del confinamiento, la devastación patrocinada por un microorganismo que ni siquiera es consciente de los desgarros que causa. Y a domicilio, los rostros borrosos de Skype, el cuarto de baño convertido en anexo del salón, la cama en sofá. Sobre todo, la soledad absoluta de los amantes del pintor o de Lucian Freud, retratados con una elegancia amarga que Tom Ford materializaría en 3D. Urgidos por un silencio interior, pues hasta el grito de los papas que copian a la enfermera de El acorazado Potemkin es acallado por Bacon.

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