Explicar los motivos de la crisis que estamos viviendo es innecesario, porque todos sabemos de qué estamos hablando. Sin embargo, me detendré en la gestión de una crisis de esta magnitud. Para cuantificar cómo de importante puede ser una crisis, debemos remitirnos a la comparación. Nosotros podemos hacer paralelismos de la gestión de esta crisis en otros países y comparar nuestra actuación con la suya, o bien podemos hacerlo con otras crisis que ha pasado nuestro país con anterioridad. O podemos hacer las dos cosas.

Esta crisis repentina y sobrevenida, que todo el mundo veía venir el 15 de marzo pero de la que casi nadie hablaba el 27 de febrero, dejará muchas heridas. Las personas contagiadas se cuentan por millones en todo el mundo.

Mucho se habla de la preparación de la sanidad para afrontar esta pandemia, pero poco se dice de los medios que la economía dispone para frenar estas crisis. La globalización es, en definitiva, un marco económico mundial que provoca que todo se mueva más rápido, incluso los problemas; lo vimos en 2008 y lo vemos ahora, no estamos protegidos contra la velocidad del mundo global en el que vivimos. Y recuerden, «no mata la bala, mata la velocidad».

En una crisis, un buen Gobierno debe estar con la ciudadanía, para ayudarles en el tránsito y para que, cuando llegue el ansiado retorno a la normalidad, puedan hacerlo en las mejores condiciones posibles.

Para ello el Gobierno de España, el Consell y el Gobierno de la Ciutat de València hemos desplegado toda una serie de acciones económicas de un gran impacto social, porque si algo se nos marcó a fuego con la crisis del 2008 es que no podemos dejar atrás a una parte de la sociedad española. Generar más desigualdad atenta contra el bienestar colectivo.

De la crisis financiera mundial que sufrimos de lleno en 2010 salimos mal, heridos, con grandes desigualdades sociales, con la certidumbre de que se podía ser trabajador/a y pobre y con menos derechos sociales. En definitiva, seguimos arrastrando los efectos secundarios del gobierno de una crisis que favoreció a una minoría y perjudicó a una mayoría, siete años de dolor en cada Consejo de Ministros.

Hemos pasado de «hemos gastado mucho, por encima de nuestras posibilidades» del PP, al «haremos lo que haga falta, donde haga falta y cuando haga falta» del Presidente Sánchez, con una serie de medidas que han procurado una red económica a autónomos, a trabajadores, que percibirán prestación si son incluidos en un ERTE aunque no reúnan los requisitos, mientras que para aquellos que sí tengan derecho al desempleo este tiempo de ERTE no computará, es decir, es como si se pusiera el contador a cero para ellos. Se van a movilizar más de 200.000 millones de euros para contrarrestar la fuerte caída de actividad, habrá moratoria en las hipotecas y así multitud de medidas con una clara prioridad, salvar las economías, no sólo las grandes, también las domésticas.

En definitiva, dos vías muy diferentes de cómo afrontar las crisis, porque, como todo en la vida, es cuestión de prioridades.

Pero algo que nunca podemos dejar de pensar es que esta epidemia supone mucho dolor, y muy especialmente a los que han perdido a seres queridos, toda mi solidaridad con ellos y con las personas que han enfermado.

Y cuando todo esto pase, miremos a los países empobrecidos, siendo conscientes de que las consecuencias de esta pandemia allí marcarán su destino de forma más severa que aquí y entonces tendremos la obligación de ser solidarios, algo que nunca debemos de desatender.