La crisis sanitaria derivada del COVID-19 ha trastocado absolutamente todos los planes, perspectivas y previsiones de familias, empresas y administraciones; todos nos hemos visto afectados por las restricciones activadas para lograr parar esta pandemia que ha puesto de manifiesto la importancia de disponer de un sistema sanitario fuerte y preparado, y de unas cadenas de suministro y abastecimiento de todo aquello que resulte esencial para la ciudadanía. La salud es lo primero y acabar con la pandemia es lo urgente.

Estoy convencido de que #estevirusloparamosunidos y por tanto, de que ha llegado el momento de ponernos manos a la obra para actuar con decisión y cuanto antes para que las consecuencias económicas que se van a derivar del parón general de la actividad -y que ya observamos en el día a día- duren el menor tiempo posible. Estamos ante una crisis global y, por ello, desde la perspectiva económica, es necesario atajarla de manera decidida y coordinada, con la participación de todos los agentes económicos.

Más que nunca, en la situación en la que nos encontramos, es necesario que todas las administraciones se coordinen para ejecutar cuanto antes y de forma simultánea todos los planes de inversión que estén suficientemente maduros para conseguir arrastrar y atraer a la inversión privada. Se trata de contribuir, entre todos, a reducir el impacto económico de la crisis sanitaria, reduciendo su plazo y, fundamentalmente, evitando el cierre de empresas que, como es sabido, fue la consecuencia más dramática -por el dolor humano que generó por la pérdida de empleo - la crisis financiera de 2008.

Aunque la sociedad tiene muy presente todavía la Gran Recesión de 2008, lo cierto es que la situación económica actual presenta diferencias sustanciales respecto a la existente hace 12 años. Así, en 2008 asistimos a una crisis financiera e inmobiliaria que acabó provocando un colapso del sistema. Además, el sector privado presentaba un fuerte endeudamiento que, unido a las restricciones al crédito y a la consecuente crisis de liquidez, generaron una fuerte caída del PIB y una considerable destrucción de empresas. En términos económicos, la crisis de 2008 tuvo forma de W (hubo caída, ligera recuperación y recaída). Acumulamos 17 trimestres en negativo y un recorte total del PIB algo superior al 9% que tardamos nueve años en recuperar. Esto ahora, no puede suceder.

Si observamos la situación económica provocada por el COVID-19 comprobamos que en la actualidad no existe crisis financiera como la de 2008, sino un cierre de actividad para el control de la infección; el nivel de endeudamiento privado es muy bajo y no hay restricciones al crédito. Adicionalmente, disponemos de una baja inflación y de un superávit exterior. Por ello, las previsiones apuntan a que asistiremos a una caída muy fuerte del PIB que, incluso, puede ser algo superior al 11% pero, dado que no hay pérdida del tejido productivo -y tenemos que evitar a toda costa que la haya- la recuperación puede ser bastante rápida. Entre el tercer y cuarto trimestre de 2021 podríamos haber recuperado los niveles del último trimestre de 2019, lo que nos situaría en una crisis en forma de V (caída y recuperación).

Como es lógico, la clave del final de la crisis radica en la recuperación y, para ello, en estos momentos solo podemos coger como ejemplo a China; salvando las distancias entre las economías de nuestro país y del gigante asiático. Actualmente, las expectativas comerciales de China están mejorando, aunque algunos de los indicadores del sector servicios continúan contrayéndose, la demanda sigue siendo limitada. En 8 semanas la actividad industrial ya funciona al 80%, dato que ya queda reflejado en el tráfico portuario. En definitiva, las señales indican una larga convergencia a una situación normal, pero más rápida de lo esperado.

En cualquier caso, el auténtico indicador, en esta crisis es el sanitario. En efecto, el motor de toda economía es la confianza y, por ello, sin una solución sanitaria al COVID-19 no puede haber una solución económica eficaz. En paralelo, si queremos que la crisis no sea dramática y nos recupremos en el menor tiempo posible, creo que la intervención en la economía debe ser masiva; ya que, como hemos avanzado, el impacto económico también lo va a ser. Es absolutamente necesario que la Unión Europea actúe de manera coordinada porque en caso contrario el impacto será más perceptible y duradero.

A corto plazo, los objetivos económicos que deberíamos marcarnos pasan por impulsar el consumo mediante medidas de apoyo a las familias y garantizando los ingresos a los trabajadores. Debemos trabajar para salvar el tejido empresarial apoyando con toda la liquidez posible a las empresas viables que lo necesiten, asumiendo el riesgo de este apoyo con tipos de interés que se sitúen en el entorno del 0%. También debemos posponer el tiempo que sea necesario los pagos de impuestos. Todas estas medidas deben evitar un efecto secundario indeseado: que las quiebras de empresas arrastren al sistema financiero.

La extraordinaria dificultad del escenario económico nos exige comenzar a pensar en medidas para 2021. Se trata de un año clave en el que debemos de trabajar en múltiples ámbitos de manera simultánea: la reconstrucción de las cuentas públicas lo antes posible, la reconstrucción del tejido empresarial dañado, el fomento de la exportación, el lanzamiento de campañas de imagen de España a todos los niveles, diálogo para restablecer la confianza empresarial y programas de inversión pública con capacidad de arrastre. Pero, sobre todo, la medida fundamental pasa por planificar el futuro sanitario para no recaer en los mismos errores.