Qué frágiles parece que somos, cuán débiles e impotentes nos presentamos, cómo en cuestión de días el mundo cambia de un lado a otro como si su eje de rotación se hubiese vuelto impredecible y nos pusiera a todos del revés. Abrumados por los datos, aturdidos por lo repentino del cambio mental al que nos vemos obligados, hoy nos enfrentamos a un enemigo común que pareciera que ni Dante imaginó en el infierno en su viaje a ultratumba.

Este casi invisible virus bajo el microscopio de la mayor graduación, SARS-CoV-2 o COVID 19 o Coronavirus, como lo llamemos, ha aparecido con un enorme manual de lecciones bajo el brazo. Enseñanzas que deberemos tomar muy en serio.

Una primera gran lección: lo que importa es la vida. A veces pienso que este virus llegó para alertarnos de la estupidez humana. Como un aviso de que ésta es la última oportunidad que tenemos no solo para valorar la vida sino también valorar cómo vivirla.

En este tiempo de estar en casa es necesario que reflexionemos sobre qué queremos. ¿Seguiremos con los mismos parámetros con los que nos movíamos? ¿Seguiremos otorgando el mismo valor a cuestiones que, a la vista del drama causado por esta pandemia, ahora nos parecen irrelevantes? ¿Seguiremos volviendo la cara al mundo que se está muriendo de hambre y a esa enfermedad llamada «pobreza»?

Miles de vidas humanas perdidas en horas, de una forma inesperada y que no hace distinción alguna, auguran que nada será igual y nos obligan a reflexionar y extraer las lecciones oportunas de esta tragedia social, económica y humana. Nos equivocaremos; fracasaremos si actuamos en sentido contrario. Si ignoramos la lección de esfuerzo, la responsabilidad y la resistencia que el conjunto de la sociedad está demostrando en un momento en el que, junto al drama de las cifras, convive la esperanza que habita en la respuesta ejemplar de la sociedad.

Hemos podido apreciar como nunca antes el trabajo de los servidores públicos, una labor que ahora se nos muestra imprescindible. Estamos viendo cómo las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado ganan una merecida relevancia positiva entre la ciudadanía dando ejemplo constante de esfuerzo y profesionalidad, velando por nuestra seguridad, que no es sino una condición esencial para garantizar la libertad en una sociedad democrática como la española. Y estamos siendo testigos de la enorme entrega de los profesionales de la Salud en condiciones extremas, dando todo lo que tienen para cuidarnos y acompañarnos en la enfermedad.

La España que vendrá, estoy convencida, será muy diferente a la que había antes de esta gran crisis sanitaria, social y económica. Quiero pensar en un modelo de sociedad más comprometida frente a las injusticias y consciente de la necesidad de ofrecer respuestas justas ante desafíos globales... Una nueva ciudadanía que, tocada tan de cerca por este virus, sea el antídoto contra la indiferencia ante los problemas colectivos. Los que nos afectan como sociedad. Porque sobre esas bases seremos capaces de construir, entre todas y todos, una Democracia más limpia en actitudes, ideas, alianzas y proyectos.

Una nueva ciudadanía que vuelva a recuperar los valores que se quedaron por el camino. Esa nueva ciudadanía tiene que ser la que resignifique el valor de lo público como propio, la de lo social como lo que es de todos y la de lo económico como lo nuestro. Soy optimista y tengo plena confianza en la sociedad española. Creo firmemente que saldremos adelante. Y lo haremos unidos, sin dejar a nadie atrás, para afrontar la tarea común de reconstrucción económica a la que todas las fuerzas políticas y todas las administraciones estamos convocados.

Para sorpresa de Dante, creo que el infierno que muchos vislumbran ahora verá nacer una mejor sociedad, consciente como nunca del valor de lo que importa: del valor de la vida.

Acentuemos la fuerza de la solidaridad, transformando los aplausos de hoy en hechos del mañana. Nos merecemos segundas oportunidades en este 2020. Y esta generación tiene el derecho y el deber de estar a la altura de este desafío.