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Don Quijote en cuarentena

«Mire, mi señor, que no son gigantes sino molinos, y lo que parecen brazos son las aspas», advertía el bueno de Sancho al caballero don Quijote en uno de los lances en los que el loco mágico solía meter a su fiel escudero. Ojalá esto de ahora fueran gigantes o molinos de los que nos librase el hidalgo de la triste figura.

Nadie podría imaginarse al bueno de don Alonso Quijano, salvo que estuviera en las últimas, en cuarentena. Ni a su escribidor Miguel de Cervantes. Trasunto el uno del otro, ambos eran «culos inquietos». Hubiéramos tenido que eximirlos del confinamiento, antes aún que a los niños.

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».

Salió el libro, madre de todos los libros, de la mano de Cervantes, hijo de un barbero-cirujano que conocía los males de los habitantes de aquella España imperial del tiempo del Rey Felipe II, llamado el Prudente, para otros el rey burócrata. Al rey de la Monarquía Católica se le reprocha el haber hecho menguar el conocimiento, también el de la medicina, al prohibir los estudios en el extranjero porque «nuestros súbditos que salen fuera de estos Reinos, allende el trabajo, costas y peligros, con la comunicación de los extranjeros y otras Naciones, se distraen y divierten, y viven en otros inconvenientes». Se quería evitar el contagio con las ideas luteranas y calvinistas, opuestas en todo a la ideología imperante, pero que no eran mejores con la investigación del momento como lo corrobora el caso del médico español Miguel Servet, quemado junto con sus libros en las afueras de Ginebra por orden de Calvino un luctuoso año de 1553, cuando Cervantes, el hijo del barbero tenía seis años. Malos tiempos para la libertad de pensamiento y obra.

Sostienen estudios varios de medicina histórica que la profesión paterna hizo que don Miguel de Cervantes tuviera conocimiento de las enfermedades y que ellas aparecen bien descritas -para lo que entonces se sabía- en sus libros. Locura, ciática, sífilis, gota, asma, peste, sarampión o viruela se pasean por el mundo literario de nuestro «genio de las letras». Sabía Cervantes por sus muchas andanzas en Italia, en Lepanto, en su cautiverio de Argel, en el empleo de Sevilla, lo que era entonces padecer cualquier dolencia y también el pánico que se apoderaba de las ciudades cuando un barco «sospechoso de pestilencia» arribaba a los puertos. Sometidos a cuarentena los pobres embarcados o vivían o morían. Y ni así se aseguraba la ausencia de contagio. Eran los «quarenta giorni» de costumbre adoptados desde la peste que asolara Venecia en el siglo XIII, la peste negra. Y aún mucho antes se aplicaba, según el Antiguo Testamento, para aislar a los leprosos; cuarenta días estuvo también Jesús en el desierto purgando sus tentaciones. A medias entre la fe y la ciencia -o mejor la constatación práctica -se había establecido ese plazo para vencer o fallecer ante el mal.

Pero volvamos a don Alonso Quijano. Conociendo el tiempo en que vivía, la sociedad, las perversiones, los males del cuerpo y el alma, «desfaciendo entuertos», trasformado en don Quijote, seguido por su leal Sancho Panza, a veces contaminado por la locura hermosa de su señor, dibujan un cuadro social preciso. Acababa a menudo el caballero con el cuerpo molido en las locas aventuras. Pero teníale encomendado a Sancho le curara con el «bálsamo de Fierabrás» que «es un bálsamo -respondió don Quijote-, de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna». Ciertamente no funcionaba, pero eso animaba a nuestro héroe a seguir. Hasta que la realidad, siempre cruel, se impuso a los sueños. Vencido en las playas de Barcino por el Caballero de la Blanca Luna, (que no era otro, siguiendo el engaño, que el bachiller Sansón Carrasco, empeñado en volverlo a la cordura), regresa a casa el jinete fatigado. Recobra para su mal y el nuestro la lucidez, abomina de las lecturas de caballería que le dieron y nos dieron la vida y «verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno» que con el aliento final quiere a su buen Sancho «un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece».

Pero al fin, en su final, se reconoce el triunfo postrero como escribiera el bachiller: «Yace aquí el hidalgo fuerte / que a tanto extremo llegó de valiente, que se advierte / que la muerte no triunfó / de su vida con su muerte». Nada hay que empañe la fortaleza ante la adversidad, ni haga decaer el ánimo cuando se lucha por el bien, no propio sino ajeno, como hacen hoy quienes nos cuidan. Así que recémosle a don Quijote con la oración que le dedicara Rubén Darío: «Ora por nosotros, señor de los tristes, / que de fuerzas alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión; / que nadie ha podido vencer todavía, / por la adarga al brazo, toda fantasía, / y la lanza en ristre, toda corazón».

Y nosotros, en esto, cumplidos cuarenta días, «la cuarentena» del confinamiento, nos llega el Día del Libro, la fiesta de las letras. Un día que debería ser de tenderetes con libros en la calle, de flores y de paseo; de conversación entorno a las sufrientes librerías; de actos en la calle, ahora vacía; y en las bibliotecas clausuradas. Debería celebrarse la entrega del premio de las letras españolas, el Cervantes pospuesto. Hay que «reinventarse», cada uno en los suyo, para que quede constancia que el universo de los libros (los que escriben, los que imprimen, editan, las librerías, las bibliotecas, los lectores) sigue vivo. Por eso surgirán iniciativas hermosas, ya que todo lo que había antes ha quedado trasmutado en «quédate con tus libros en casa». Qué simpleza y qué tristeza. Todo por un invisible gigante, al que dimos alas, gigante de muchos brazos contra el que hay que inventar otras espadas, otros yelmos, otras armaduras, otros rocinantes y otros rucios. Pero ellos, el valiente hidalgo Don Quijote y su buen escudero Sancho Panza, lo harían. Nosotros también.

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