Senderos rodeados de tomillo, romero y piedras, que guardan el recuerdo de emociones, de risas de adultos, de bullicio infantil; que perduran eternamente en el corazón de ese cantal desprendido de la cima de la Mola. Fósiles descubiertos en familia, entre meriendas llenas de amor y cariño, que guardan el aroma de las madres de Novelda. Madres que en los imposibles y terribles años de la guerra civil y de la larga posguerra hacían magia para que sus hijos pudieran comer cada día: harina que era oro, pucheros huérfanos de todo. Y así un día tras otro. «Mamà, tinc fam€» era el eco que salía desde la penumbra de esas casas sin nada, un eco que recorría las calles oscuras y frías de un pueblo en blanco y negro. Bocadillos rellenos de lágrimas de esas madres desesperadas, recuerdos que guardan todavía las puertas , cancelas y verjas de muchas casas de Novelda.

Después, el sudor, muchas lágrimas de sudor mezclado con tierra de azufre y uva, con polvo de mármol, gotas amarillas de tartracina y aroma de azafrán con el que se impregnaban las calles. Canela y clavo que perfumaban las casas, meriendas mejoradas con chocolate de Marcos Tonda, aceite de oliva y sal. Los pucheros con ternera y ajos con giraboix; los domingos, faseguras y, por la tarde, la coca del Molino y el cine Club Dehon.

Novelda crecía. El sonido de las sierras atravesaba el bloque como un cuchillo imparable. El olor a salitre del Vinalopó: sal, sol y fango rodeando el clot, esencia de nuestro pueblo, de nuestra lucha por ser mejores, de nuestra fe en la Santa, que desde nuestra sagrada familia particular en las faldas de la Mola nos cuida y protege.

Pero el crecimiento trajo la caída. Ley de vida. Tropezamos con la misma piedra, esa que guarda nuestros recuerdos y los perfumes de nuestra infancia. Pero no escuchamos. Nunca. No la vemos y tropezamos de nuevo.

Ahora llegó el momento de volver a empezar. Nada volverá a ser igual. El virus es la guinda que faltaba para darnos cuenta de que volvemos a las calles solitarias y oscuras. Pero ahora sabemos mucho más que en aquella lejana época y podemos luchar con más armas, recuperar el tiempo perdido con más rapidez. Llegó el momento de la solidaridad. Llegó el momento de mirar al vecino y darle la mano. Llegó el momento de comprar en los comercios de Novelda, de ir a los restaurantes de Novelda, de movernos codo a codo, de aprovechar la fortaleza del vecino para inspirarnos, de luchar todos juntos por este pueblo que tantas veces se ha levantado, que ha renacido de sus cenizas. Llegó el momento de apostar por la cultura, la gran olvidada de las vacas gordas de los 90. Ahora o nunca. Para seguir escribiendo «la historia de un pueblo que siempre se levanta», como lo definía nuestra película «Sueños de Sal». Para seguir desarrollando la intuición, el arma que todo noveldero tiene, desde tiempos remotos, cuando algún paisano se echaba a la mar o la tierra con una mano delante y otra detrás, pero con la maleta llena de sueños.

El momento llegó. La historia y nuestros nietos estarán orgullosos de nosotros.