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Matías Vallés

El virus unirá lo que separó la política

Los protagonistas de los Pactos de La Moncloa eran mejores, pero entonces no lo sabíamos

La pretensión de que el coronavirus una lo que la política ha separado está tan sobrevalorada como los Pactos de La Moncloa inaugurales, ahora adoptados con el estatuto de referente celestial. El catedrático José Enrique Ruiz-Domènec dedica un millar largo de páginas a su recorrido por España, una nueva historia. El año preconstitucional de 1977 recibe un exhaustivo tratamiento, pero sin una sola línea para abordar los acuerdos de octubre en el palacio presidencial.

Sin embargo, los Pactos congregaron hasta a tres presidentes del Gobierno en ejercicio y en ciernes, amén de personalidades tan acreditadas como Manuel Fraga, Tierno Galván, Santiago Carrillo y Miquel Roca. Padres del Estado y de la Constitución, en una fotografía colectiva que recuerda los lienzos dedicados por Goya a la familia real.

El periodismo comparado ha instalado el consenso de que aquellos políticos aventajaban a los actuales. Es fácil coincidir en que Felipe González superaba ampliamente a su sucesor Pedro Sánchez, salvo que entonces no lo sabíamos y tal vez sea mejor así. Aparte de que las equivalencias pecan de subjetividad. El pinturero primer gobernante socialista se coloca por hábito sobre Rodríguez Zapatero, con el matiz de que el segundo no perdió nunca unas elecciones generales, dos de dos. En cambio, el legendario sevillano fue derrotado por duplicado a manos de un advenedizo como Adolfo Suárez, el convocante a los Pactos primitivos.

La virginidad de la clase política contribuyó a sellar los Pactos de La Moncloa. Suárez todavía no había recibido aportaciones inconfesables de Mario Conde. El atractivo González no había volado nunca en reactor privado. Aznar tendría que esperar a George Bush para protagonizar una foto histórica, por entonces seguía militando en el "falangismo independiente" que al año siguiente le llevó a criticar con furia y por escrito la misma Constitución que hoy sacraliza.

También funcionaba en 1977 la subordinación jerárquica. Manuel Fraga se sentía superior a Suárez y a González, y lo era. González se sentía superior a Suárez, también con motivo. En cambio, Suárez contaba con la ventaja impagable de saberse inferior a Fraga y González, por lo que nunca fue derrotado por ninguno de ellos en su primera encarnación. De hecho, venía de ganar las elecciones con un partido inventado a su imagen y semejanza.

Los pactos políticos son inimaginables en la España actual, no se plasman desde que Zapatero los utilizó para desgastar a Aznar. Tras la muerte de Franco, venían facilitados por la evidencia de que los demócratas votaban en realidad a todos los partidos pactantes a la vez. La prioridad era salir de la dictadura.

De ahí que los triunfos de los Pactos de La Moncloa fueran compartidos, con concesiones hoy inverosímiles. Se trataba de crear a los protagonistas de una era, con fecha de caducidad porque ninguno de los políticos reunidos seguía en activo a escala estatal dos décadas después del acuerdo.

En cambio, hoy se trata de consolidar las posiciones adquiridas. El enquistamiento bloquea el pacto, los gobernantes actuales han cedido incluso el liderazgo económico a empresarios como Amancio Ortega o Juan Roig. A la hora de explicar el fracaso de la alianza en curso, conviene evitar la tentación de culpar al desarrollo autonómico, que también se inició aquel 1977 con el regreso de Josep Tarradellas a España. Tras una reunión reciente por videoconferencia con los gobernadores de los 16 estados alemanes, Angela Merkel resumió que "hemos conseguido un alto grado de unidad en nuestros puntos de vista, lo cual es casi un milagro para una república federal".

Cuando le preguntaron a Gandhi qué le parecía la civilización de Occidente, replicó que "era una buena idea". En la misma línea, no estaría de más cumplir con el espíritu de los lejanos Pactos de 1977, antes de aventurarse con nuevas alianzas. En 1990 pude entrevistar a Enrique Fuentes Quintana, el vicepresidente del gobierno con Suárez a quien se considera unánimemente como el cerebro de los Pactos de La Moncloa. Sin embargo, había un asunto más importante que las alianzas múltiples, para quien accediera con 31 años a la cátedra de Economía Pública:

—Hay que crear un infierno fiscal contra el fraude, el gran mal que acecha a la Hacienda española. Más del 55 por ciento de las rentas permanecen ocultas. Hay que identificar y dar a conocer a los defraudadores, porque el fraude es un bicho anaeróbico que se multiplica sin el oxígeno purificador de la publicidad.

Ni siquiera este pequeño logro, predicado por un economista con currículum franquista, ha podido ser materializado por el gobierno de PSOE y Podemos.

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