05 de mayo de 2020
05.05.2020
Levante-emv
Reflexiones

El esfuerzo de las personas del SEPE

05.05.2020 | 22:30
El esfuerzo de las personas del SEPE

Más de medio millón de ERTES presentados y cerca de 4 millones de personas cuyos ingresos dependen de la rápida tramitación de estos expedientes. Un organismo, el SEPE, los Servicios Públicos de Empleo, en el ojo del huracán. Sus funciones no son solo la tramitación de los Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) sino que incluyen también los despidos por causas objetivas, las finalizaciones de contratos temporales, pases a inactividad de fijos discontinuos o ceses en periodos de prueba. También otros servicios, que se prestan de forma habitual y no pueden quedar suspendidos en su totalidad, como las ayudas a personas desempleadas de larga duración, para que pueden acceder a ayudas como la renta activa de inserción o el subsidio extraordinario por desempleo.

En las actuales circunstancias, su plantilla ha conseguido resolver hasta 100.000 prestaciones diarias en un esfuerzo extraordinario y decididamente nada visible. Un esfuerzo, sin embargo, absolutamente necesario para paliar una de las causas que, después del cuidado de la salud, más ansiedad y desvelos causa en la ciudadanía, ya que la subsistencia económica no es una preocupación menor para quien vive de salarios precarios, sin ningún tipo de colchón que amortigüe la existencia de ingresos.

El SEPE ha conseguido dar la talla para que las solicitudes fueran gestionadas con la mayor rapidez, pero pocas veces se pone cara a los protagonistas reales de la hazaña. Porque el SEPE no son unas siglas, ni un ente abstracto e incorpóreo. Es un organismo compuesto por personas, que son empleadas y empleados públicos, tan denostados y malqueridos a veces. Un funcionariado del que nadie dice que cuenta con menos efectivos de los que debiera, ya que su plantilla, como sucede en general en toda la Administración pública, es mucho más reducida de lo que corresponde aún en circunstancias normales, ya que de los más de 10.200 efectivos con los que llegó a contar hace algunos años, se ha pasado a menos de 7.900 en la actualidad.

Nadie tiene en consideración que la agilidad y eficacia demostradas en la tramitación de expedientes ha sido posible porque un puñado de personas se empeñaron, a base de hacer horas extras o trabajar en festivos, en hacer una aportación insustituible a la tranquilidad de las familias. Es así como han superado el desafío de una carga extraordinaria de trabajo que han abordado con medios insuficientes y en muchos casos obsoletos.

No han hecho más que su trabajo. Pero al igual que se ha aprendido a respetar y valorar en su justa medida el trabajo de las cajeras de supermercados, las limpiadoras, agentes de policía local o conductores de camiones€ sería cuestión de justicia que se estimara en su justa medida la contribución de estas personas al bien común.

Nadie reclama una medalla, ni necesitan entrar en el Olimpo de los héroes. Pero sí ha de ser una exigencia unánime, como lo ha sido antes y lo será siempre para Comisiones Obreras, la defensa de los Servicios Públicos, porque son la barrera protectora que garantiza el bienestar de toda una sociedad, en todo momento, pero sobre todo en situaciones de crisis como las que vivimos ahora. Hablamos del personal sanitario o del administrativo. Hablamos de quienes instalan hospitales de campaña o desinfectan las calles. De quienes mantienen la escuela abierta dentro de las casas, atienden las residencias o resuelven gravísimas situaciones de exclusión social. Hablamos de la necesidad social de unos Servicios Públicos robustos, capaces, dotados de los medios necesarios y bien organizados, porque son ellos los que permiten ofrecer una línea de defensa potente y eficaz, a la que haremos responsable de nuestra supervivencia.

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