Cuarenta y ocho millones de personas en España estamos enfermos; unos a causa del coronavirus, el resto por el miedo, la rabia y la impotencia. Hemos comprobado que aquello de que todo sucede en otro lugar y les pasa a otros es un eufemismo. Convivimos generaciones que han pasado desde la guerra civil hasta ahora por toda clase de traumas sociales, incomparables con la pandemia que nos ha pillado incrédulos e inermes. No solo a nosotros, los ciudadanos de a pie, sino a los expertos epidemiólogos que aún intentan reconocer cómo es el bicho que nos mata contra el que las medidas preventivas y curativas se desconocen; los remedios paliativos eran insuficientes en un sistema de producción que no estaba preparado para el desbordamiento de la demanda en un contexto geográfico en que los países consumían la propia oferta sin que la solidaridad fuera posible. Las actividades económicas se han contraido, en sectores la parálisis total y los expertos auguran una crisis económica sin precedentes.

Durante este tiempo hemos acudido a la cita de las ocho de la tarde aplaudiendo al cuerpo sanitario, a los que han vigilado nuestras calles y han hecho posible que el pan llegara a nuestras mesas. Espero que el eco de estos aplausos alcance a los maestros y profesores que han permanecido en su lugar y asomado a los hogares a través de las pantallas para impartir la docencia a los estudiantes que disponían de un ordenador, a aquellos a los que los gobiernos autonómicos se lo han facilitado, a los que hemos regalado ese aparato perfectamente útil que postergamos en pro de lo novedoso aunque seamos conscientes de que siguen las carencias; de esta forma han adquirido el saber y han podido evadirse en las obligaciones del ocio de los móviles y juegos electrónicos porque no hemos inculcado a esta generación la afición bastante a la lectura.

Dicen que cuando salgamos de ésta nada será igual; lamento confesar que no puedo estar más en desacuerdo porque si en esta etapa de dolor y sufrimiento hemos sacado lo mejor, pero también lo peor de nosotros mismos difícilmente seremos capaces de racionalizar más tarde lo que vivimos y lo que viviremos en los días que vendrán. Temo que seguirán utilizando a los muertos como bazas políticas, pondrán el Gobierno en el punto de mira para criticarle, exigiremos la exención de impuestos y el resarcimiento de los daños padecidos. ¿Caben mayores aberraciones? Tal vez es el momento de hacer una reflexión y pensar en lo que podríamos haber hecho cada uno de nosotros y lo que nos corresponderá hacer en el futuro.

En nuestra Comunidad podemos enorgullecernos del celo, de la celeridad, de la entrega del Presidente de la Generalidad desde la soledad como ser humano, mientras los socios políticos andaban desaparecidos y de la oposición nada se supo. Algo extraordinario habrá hecho para que la pandemia nos haya afectado en menor medida proporcional que al resto de los españoles, aunque sus únicas palabras hayan sido para pedir perdón por los retrasos involuntarios y no haya recibido una sola de reconocimiento. Del Ayuntamiento, ni hablemos. Se nos ha olvidado que existe porque lo suyo es seguir restringiendo la libertad de tráfico, dejarse robar sin asumir responsabilidades o perorar sobre el futuro urbanístico sin tener la mínima idea de lo que es una ciudad.

Las cifras macroeconómicas danzan por otras latitudes que las economías domésticas y tendremos que asumir los deberes que nos impone la realidad; las pequeñas y medianas empresas, los autónomos, necesitarán las ayudas prometidas y la mayoría de los trabajadores regresarán a su puesto de trabajo, llegará el momento de abonar las ayudas prometidas, de demandar la cuota del ingreso mínimo vital que esperamos no se convierta a una alternativa al trabajo mientras se necesite mano de obra, mejor o peor remunerada.

En ningún caso hay que tomarlo como un resarcimiento de daños y perjuicios que solo es exigible a los responsables y aquí la culpa es de la pandemia, no del Gobierno central ni de los autonómicos, ni siquiera de los Alcaldes con su cohorte, y en este punto la casuística da miedo porque las ayudas sociales pueden interpretarse como un derecho irrenunciable y oponerse a la ética personal aprovechando la coyuntura para la medra personal o en el negocio. En muchos hogares regresará la normalidad mientras se impone la obligación de involucrarnos en el problema general de la precariedad social que surja de esta crisis, desde seguir haciendo la compra a los desvalidos, proporcionar un plato de comida al vecino que no puede hacérsela por sí mismo, consumir al máximo las posibilidades para que los negocios sigan activos y si no tenemos el viaje vacacional tal vez hemos conseguido dos cosas importantes: ¡Quién sabe si hemos salvado la vida o la integridad en los múltiples accidentes de tráfico que se producen en fines de semana y vacaciones! Podemos esperar al año que viene en que podrán ser mejores mientras acudimos a los chiringuitos de nuestras propias playas que tanto necesitan nuestra asistencia en los escasos meses de funcionamiento.

Nada es imposible; ni tan difícil; aprendamos la lección del Gobierno central y de los autonómicos, de todas clases y colores, que nos han hecho ver que lo más importante que tenemos que conservar es la propia vida y démosle todo su valor si tenemos un mañana. No sigamos el ejemplo de los despreciables que rechazan la colaboración para que el país salga adelante porque negarse a unir esfuerzos no es propio de una Democracia sino un absoluto desprecio a todos los ciudadanos.

Si cambiamos en algo, que sea para mejorar dejando atrás tanto individualismo, sientiéndonos miembros de una colectividad que ha sentido por igual la muerte y ha llorado de miedo, rabia e impotencia a causa de un enemigo silencioso e invisible que ha corroído nuestros cuerpos; no permitamos que también destruya nuestras mentes y nuestras almas que han aprendido la fragilidad de nuestra existencia, la dicha de compartir, y la poca importancia de las cosas materiales que acaparamos para que un día, sin saber cómo ni por qué, la muerte nos lo arrebate.

Parece ser que el virus se queda, que reaparecerá en cualquier momento; pero en el futuro estaremos preparados. Recordemos que hubo enfermedades mortales como el tifus o la lepra que han dejado de serlo, la disminución del número de fallecidos por cáncer... El ser humano es inteligente y así como venció a sus anteriores verdugos también lo hará con este. La próxima vez no lo tendrá tan fácil.