09 de mayo de 2020
09.05.2020
Levante-emv
La sección

Para qué

10.05.2020 | 01:23
Para qué

Leyendo aplicadamente las columnas que se ceden a políticos, agentes sociales y personas relacionadas con la actuación a desarrollar para afrontar la crisis actual, uno se da cuenta de lo difícil que es esquivar el dramatismo y escapar de la ligereza. Se mezclan a veces estados de ánimo, no confesos pero implícitos, con esperanzas bondadosas: se evitan las miradas simples, la tristeza, la compasión o los suspiros, porque nadie quiere exponerse ante el ojo de la gran maquinaria de un sistema que da a la gente lo que quiere, pero le niega lo que necesita.

Cuesta reconocer que el problema sobreviene ahora, cuando quieres consumir pero no puedes, mientras que -a la vez- necesitas atención sanitaria de calidad y no la tienes. Había que elegir entre Black Friday y el pensamiento, y apostamos por el caballo del sprint, el más bonito, el que daba menos que pensar, el del pelotazo y la economía despreocupada, el perdedor. Todo indica que dentro de poco volveremos a apostar por el mismo porque no estamos queriendo tener previsto otro. Todo estaba perfecto hasta justo este momento aciago. Mecachis.

Si nuestra lectura se ha centrado por casualidad en los mensajes que circulan por la red, habremos descubierto que estos medios de comunicación son un pase de circulación gratuita por el bosque sagrado de olivos de la Academia, el acueducto municipal de la Fuente Castalia, la admisión de todos los analfabetos a los tés de las Musas, y que, aunque les otorguemos la importancia de la vox populi romana, en realidad solo han servido para descubrir almas de pensadores en gentes nacidas para vender tapones de corcho o fabricar jabones.

Los españoles y los que nos representan hemos demostrado en todos estos días de confinamiento dos cosas muy graves: no tener coraje para estar solos y no tener el coraje de arriesgarnos a estar juntos. Sólo los que han visto de cerca la misera, los que se han preocupado silenciosamente del prójimo al margen de los aplausos y los abucheos, distanciados de esos diálogos en forma de dos monólogos intercalados, han sabido aprovechar este tiempo para tomar tierra en la realidad. Y tampoco les han hecho falta grandes campañas publicitarias para demostrar su calidad humana. El hecho, por tomar sólo un ejemplo, de que el responsable del grupo La Sucursal, Javier Andrés, se haya ocupado de dar de comer a los sin techo del albergue de La Petxina, muchas veces presencialmente, haya pasado desapercibido en nuestros medios de comunicación, demuestra que sí existen en el mundo personas con transparencia espiritual e impermeabilidad material.

Para construir no hace falta tener grandes alardes de comunicación y marketing, solo estar en los momentos necesarios a pie de calle para comprenderla. No es preciso señalar ni apuntar en la cuenta los datos si estos se usan para ser arrojados en forma de proyectil. Mejor apuntemos bien en nuestra mente que los profesionales públicos, desde los sanitarios a los funcionarios de Hacienda, desde los policías locales al servicio de limpieza, se han tenido que auto organizar, duplicar servicios, cubrir ausencias, mejorar sistemas o inventar nuevos mientras se protegían como podían de lo mismo que los otros, los autómatas que necesitaban absolutamente salir ya a tomar cervezas, hacer ejercicio para adelgazar y otros servicios esenciales a la sociedad.

Todo lo que la humanidad ha hecho, y todo lo que ha hecho a la humanidad, ha tenido por primera finalidad y condición la idea y el acto de crear reservas. Reservas materiales de granos, de pescado seco o de carne ahumada, pero también de ideas y de conocimientos. Sobre ellas vivimos porque garantizan la regeneración y renovación de un increíble y creciente saber. Si nadie las está sabiendo ver, no somos pocos quienes nos hemos tomado la molestia de señalarlas.

Lo que se podía haber hecho antes es mejor no hablar ahora, porque les aseguro que aún nos hace falta llorar mucho, y vamos a tener ocasión. Pero llorar de verdad, en ese mundo de lágrimas íntimo donde nada ni nadie nos consuela. Los que habían perdido el nervio de la sensibilidad en el bazar de sus comodidades quizá estén perdidos para siempre. Pero los que hayan sentido rebrotar el más mínimo deseo de ser útiles a los demás, de manera racional, despertarán en su cabeza un mundo de sensaciones morales, antiguas como las de las fábulas que nos contaban cuando aún podían elegir entre ser buenos y ostentar malicia y capacidad de intriga.

Dicen que cuando mueres, te acuerdas de todas las cosas que hubieras querido hacer y no pudiste. Démonos una oportunidad a poder irnos de este mundo sin remordimientos y de que nuestras últimas palabras no sean: "¿Para qué?".

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