Conseguiremos superar la pandemia a pesar de la desastrosa gestión gubernamental dejando enormes girones de nuestro tejido productivo, industrial, agrícola y de servicios.

Durante varios años intentaremos levantar la economía que quedará en escombros y necesitaremos transformar la sociedad del bienestar -si encontramos unos dirigentes responsables (categoría que escasea) - en, al menos, la «sociedad del bienser» que distribuya de manera más justa los pocos bienes y servicios que consigamos poner en pie.

Que nadie se llame a engaño y que nadie se deje engañar: hemos retrocedido décadas subidos en la ola del populismo, de la mentira y de la corrupción, repartidos y retenidos por una clase política que ha ocupado el poder con total desprecio al ciudadano y para su lucro personal de manera vergonzosa y descontrolada.

Transcurrirá aún mucho tiempo hasta que una cierta normalización vuelva a anestesiar nuestro espíritu crítico hoy más a flor de piel que nunca.

Dentro de dos meses los ERTES se transformarán en ERES. Los despidos serán el pan nuestro de cada día y la gestión de las prestaciones (SEPE, FOGASA) multiplicará el caos por cientos. Dos años de sufrimiento añadido.

Los sueldos, beneficios, ventajas, kilometrajes, complementos y sinecuras continuarán al alza en provecho de una clase política voraz y absolutamente prescindible mientras la clase media verá estrechada su franja en «beneficio» de los miserables y más desprotegidos.

Debemos prepararnos para un futuro incierto e impreciso que atisbamos a la vuelta de la esquina. Debemos elegir a quienes piloten la reconstrucción con una cierta dosis de decoro y dignidad.

Y para empezar debemos exigir ya la dignidad que piden nuestros muertos hoy olvidados por quienes no tienen más objetivo que perpetuarse en el poder: los que asaltaron la Moncloa como si fuera el Reino de los Cielos.