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Opinión | El desliz

Pilar Garcés

Abrirán los hoteles, pero no los colegios

Vaya por Dios. Está la actualidad tan trepidante, incluso con el estado de alarma y sus restricciones, que se me ha quedado viejo el titular. Los hoteles están abriendo, los aviones aterrizando, en las terrazas ya no hay una silla libre, pero los colegios siguen sin abrir. Abrirán los bingos, las discotecas, los chiringuitos, las saunas y los estadios, pero no los colegios. Este titular se acerca más al futuro a medio plazo. A todos nos interesa que la actividad turística recupere el pulso cuanto antes, pues en mayor o menor medida vivimos del sector servicios. La educación nos importa un poco dos veces al año, cuando las estadísticas delatan que, de nuevo, los estudiantes tienen menos nivel y más abandono escolar, comparándolos con los de nuestro país o con los de casi cualquier otro país. Pero siempre nos quedarán los hoteles. Y el ladrillo. O las segundas residencias. Las segundas residencias son una preocupación constante de nuestros gobernantes: cómo, cuándo y de qué manera trasladarse a la segunda residencia ha merecido ríos de saliva de Pedro Sánchez en sus explicaciones televisivas a lo Fidel Castro, del prolijo ministro Salvador Illa e incluso de Fernando Simón, que anteayer mismo se pronunció largo y tendido sobre cómo, cuándo y de qué forma podrán acceder los extranjeros a sus segundas residencias. De los colegios, nada y menos. Necesitamos un Fernando Simón educativo. Lo necesitamos quienes no tenemos segunda residencia, pero sí hijos arrancados de cuajo del sistema de enseñanza y de su vida social durante seis meses. Y no me hablen de aulas virtuales, que me hago un selfi en un acantilado.

Aquí no nos presentamos para subir nota y pasar de la fase a 0 a la fase 1 como en el asunto de los bares, los aviones, el fútbol, los hoteles y, sobre todo, las segundas residencias. A la comunidad educativa pertenecen también los padres y los niños, que están deseando que alguien hable de una vez de la desescalada educativa que ni llega ni interesa. Madres que han vuelto a su trabajo sin poder negarse porque no son profesoras sino cajeras de supermercado, celadoras, periodistas, camareras o conductoras de autobús. Padres que han vuelto al tajo porque son repartidores, funcionarios, cocineros o vendedores. Padres y madres que no han parado, pese al riesgo, porque son médicos, enfermeros, celadores, policías o albañiles. Cada uno en su puesto, cumpliendo las directrices sanitarias, avanzando a pasitos, con muchas precauciones, pero avanzando. Se está viendo en los políticos y en parte de lacomunidad educativa una preocupante falta de compromiso con la educación de los niños en los momentos difíciles. Solo nos resta esperar que los momentos fáciles lleguen cuanto antes.

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