Quizás para la mayor parte de los lectores convenga describir a esta personalidad, nacido en el seno de una familia acomodada de granjeros en el norte de Holanda( Ulurum, Goninga) y que tras finalizar la II Guerra Mundial desempeño la cartera de agricultura socialista en un Gobierno de reconstrucción nacional hasta 1957 donde da un gran salto a la política europea, en la que jugó un papel relevante.

Fue el primer comisario agrícola que introdujo el sistema de garantías de los precios agrícolas destinados a compensar los efectos de la industrialización y de la internacionalización de los intercambios comerciales así como reducir el número de trabajadores agrícolas y promover la formación de unidades de producción agrícola más amplias y eficientes.

Fue, por lo tanto, el impulsor de la Política Agraria Comunitaria( PAC) que es bien conocida en nuestra Comunidad. Después de su jubilación continuo siendo una controvertida figura en el seno del Partido Laborista holandés por su especial atención al impacto que el crecimiento de la economía tenía en el medio ambiente.

Para mí, señalaba, «la cuestión más importante es cómo podemos alcanzar un crecimiento cero en esta sociedad (...) Si no lo conseguimos, la distancia, las tensiones entre naciones ricas y pobres será cada vez mayor. (...) Todo nuestro sistema social insiste en el crecimiento».

Pero esa economía sin crecimiento¿ será todavía una economiza capitalista? ¿ Qué pasa con las ganancias capitalistas y con la acumulación de capital si la economía no crece? Esta cuestión fue ampliamente debatida en un debate organizado por Le Nouvel Observateur que atrajo en 1972 a tres mil personas. Notable fue la intervención de Mansolht al anunciar que prefería el BNB ( Bonheur national brut, la felicidad nacional bruta) al producto nacional bruto. Idea que fue duramente criticada por el Presidente Pompidou como por el secretario del Partido Comunista francés, George Marchais. Lo que, para algunos, fue un elogio dada la catadura de uno y otro.

Al decantarse por un «crecimiento por debajo de cero», Mansholt pretendía, según el profesor Martines Alier, debatir políticas públicas europeas dirigidas hacia la conservación y el reciclaje. Consideraba adecuada «que la Comisión se proponga crear un Plan Económico Europeo central. Al hacer esto, nos alejaremos del objetivo de obtener el producto nacional bruto máximo (...)».

Tuvo propuestas dirigidas contra las ganancias capitalistas, al suprimir la amortización acelerada de bienes de capital que se deduce de los impuestos y se opuso contra la obsolescencia de los bienes de consumo duradero.

Desde entonces, faltan en la Comisión Europea y en la socialdemocracia políticos tan atrevidos como lo fue Sicco Mansholt.

En Bruselas se critica el PIB pero predomina todavía la visión de que es posible recuperar crecimiento económico y lograr la sostenibilidad ambiental gracias al aumento de la eficiencia técnicamente china.

Desde la caída del muro de Berlín y el posterior desguace de la Unión Soviética, ha surgido en el mundo un nuevo poder que es el la globalización. El gran vencedor del derrumbe de las ideas comunistas no fue la Alemania reunificada, tampoco la Unión Europea, ni Estados Unidos, sino claramente, el dinero que ha hecho un pacto con los sutiles poderes de la autocracia china.

Los viles atentados del 11 de septiembre junto a la gran crisis de 2008 acrecentaron las reacciones contra la civilización del dinero puro y duro: renacieron las izquierdas en Europa (aquella que abrazó el liberalismo y al desarrollismo tras el efecto Mansholt y que derivó a partidos comunistas a la socialdemocracia); resurgieron los nacionalismos; aparece un Papa que viste calzado viejo de obrero y que se llama Francisco y, por fin, Greta Thunberg desentierra el hacha de guerra de la ecología. Los últimos años han sido una curiosa esquizofrenia entre la complicidad necesaria con el capital y el deseo soterrado de otra cosa. Pero, ha llegado el Coronavirus y nos ha hecho elegir entre «la bolsa o la vida» y la mayoría de países hemos optado por la vida.

Pero de todo esto deberíamos sacar algunas conclusiones como que deben existir criterios morales que se impongan al dinero, como señala el escritor portugués Gabriel Magalhaes. El poder del dinero exige un contrapeso y la Unión Europea debe jugar un papel de barrera a esa dictadura del dinero pues, en caso contrario, será la próxima víctima de entidades que el dinero quiere eliminar. Debe funcionar como un mercado permeable a las lógicas del capital, y debe transformarse en una manera de vivir con base a principios justos, que no nos fallaran. Seguro que Mansholt coincidiría.

Como señalaba recientemente Annalena Baerbock, colíder de los Verdes alemanes, estamos en una situación, con motivo del Covid-19, en que todas las fuerzas democráticas en Alemania y en Europa trabajen juntas para controlar la pandemia. Es una buena excusa para un entendimiento global, prioritario entre la socialdemocracia y Los Verdes.

Aprovéchese el impulso de la Comisión Europea para llevar a cabo en 3 ò 4 años lo que se hubiese hecho en 15 para una recuperación verde en respuesta al impacto económico del coronavirus y que comprende campos tales como: descarbonización, industria,edificios, movilidad, alimentación y biodiversidad. 180 líderes políticos, empresarios, sindicatos, oneges y grupos de expertos forman esta alianza que no debe detenerse.