Lo que no podíamos imaginar, ha sucedido: la expansión global de un microbio que produce la COVID-19 y al que la mayoría de los países han respondido cerrando fronteras y confinando a sus poblaciones para evitar el colapso de los sistemas sanitarios.

Este Gran Confinamiento ha generado otro fenómeno inimaginable: la paralización global políticamente instituida de una gran parte de la actividad económica con una devastación insólita, extensa y profunda del empleo.

La combinación de ambas pandemias -la del virus y la del desempleo- se puede considerar como un fenómeno sin precedentes. Inmediatamente, puede añadir alguien que desde que los seres humanos han entrado en contacto con animales salvajes -es decir, desde siempre- se han producido y acoplado este tipo de calamidades. Sí, es cierto, ¿pero con la misma velocidad y a la misma escala? ¿No era esto justamente lo novedoso de la globalización? ¿La velocidad y la escala?

Este fenómeno sin precedentes nos coloca ante una incertidumbre radical. Sabemos que está afectando y que afectará a todas las dimensiones de los sistemas sociales y de la existencia personal. Pero ¿cómo y con qué profundidad? ¿Durante cuánto tiempo? Estas preguntas ahora no tienen respuestas concretas que permitan organizar bien las soluciones. Lo que todavía no sabemos es mucho más y más relevante que lo que ya sabemos.

Las políticas públicas ante una epidemia persiguen tres objetivos graduales: control, eliminación y erradicación. Ahora nos hallamos en una fase de control porque se intenta que la incidencia y la prevalencia, como consecuencia de las medidas adoptadas, alcancen cifras aceptables. Ya, ¿pero qué son cifras aceptables? ¿Tenemos para ello una respuesta científica?

Se da la segunda circunstancia -eliminación- cuando en un área geográfica durante cierto tiempo el número de casos nuevos es igual a 0. Así parecen encontrarse ya Australia y Nueva Zelanda. Pero ¿qué extensión debe tener el área geográfica considerada y durante cuánto tiempo deben mantenerse esas cifras para tener certeza de la eliminación? La polio todavía no ha sido eliminada; en 2019 la cifra de casos en el mundo superó las 500 personas.

Para que se pueda hablar de erradicación será necesario que la incidencia en todo el mundo sea igual a 0. La OMS solamente ha declarado erradicadas la viruela y la peste bovina. En cuanto a la COVID-19, parece que va a acompañarnos durante algún tiempo. En este momento, pese a que nunca en la historia de la humanidad ha habido tantos científicos en tantos laboratorios colaborando y compitiendo para descubrir antivirales y vacunas, queda trecho para el control, y no digamos para que pueda hablarse de eliminación y de erradicación. Por otra parte, como Sars-CoV-2 es un virus silente, invisible, que no da señales de su presencia hasta pasados unos días, existen dificultades graves de detección antes de que haya producido un extenso contagio.

Este panorama de incertidumbre radical no sólo exige un apoyo decidido a la ciencia para despejar todas las incógnitas, sino que demanda dar mayor importancia a la política y, sobre todo, reclamar un mejor liderazgo político. Las preguntas que hemos planteado -¿cuántas muertes son aceptables? ¿en qué áreas geográficas y durante cuánto tiempo? ¿qué cantidad de gasto destinar a salud pública y a servicios esenciales? ¿cómo generar una logística adecuada para hacer frente a los posibles rebrotes?¿qué instituciones crear para personas mayores dependientes? y muchas otras- pueden contar con asesoramiento científico y con ensayos de modelos procurados por expertos, pero son preguntas radicalmente políticas, cuya singularidad sólo una visión mítica de la ciencia puede pretender eliminar.

Por otra parte, la política ha entrado en una nueva era. No sólo por la lamentable fuerza de los populismos de un extremo al otro del planeta, sino porque las cuestiones a resolver no se expresan en forma de dilemas (libertad versus igualdad, competencia versus solidaridad, liberalismo versus socialismo) sino de trilemas o tetralemas; y ello es así no tanto por la naturaleza de las dos pandemias citadas sino por su confluencia con otras crisis, principalmente, la ecológica y la derivada de la capacidad de vigilancia y control de las poblaciones de las tecnologías digitales.

Un trilema que ha surgido ante la urgencia de evitar el colapso de los sistemas sanitarios consiste en la conjugación de las dificultades de equilibrar los requerimientos de la salud, la actividad económica y la democracia. La declaración del estado de alarma, la suspensión de la movilidad y de las actividades económicas son un buen ejemplo de ello. ¿Inmunidad de rebaño, crecimiento económico o políticas de confinamiento con los costes que conlleva? Las posiciones adoptadas han sido variadas y los resultados no se pueden evaluar en términos meramente estadísticos sino políticos y morales.

Otro trilema se produce cuando introducimos la crisis ecológica y la emergencia climática. ¿Cómo trataremos de salir de este profundo pozo que hemos cavado en el empleo y la vulnerabilidad de los ya más vulnerables? ¿El empleo verde podrá garantizar una calidad de vida razonable para la inmensa mayoría? ¿Cómo se consensuará qué es una calidad de vida razonable?¿La proporcionará el salario mínimo universal?

Finalmente, quiero señalar un tetralema, que se deriva de la interacción de los valores de libertad, control, confianza y seguridad. La introducción de dispositivos digitales de detección masiva, los debates en torno a los pasaportes de inmunidad, etc, muestran la inevitabilidad de la interacción de estas encrucijadas.

Nos hallamos, pues, en el terreno incierto de las decisiones políticas y las soluciones institucionales, que deberán sustentarse en alguna ética política pública. Sin duda, es imprescindible apelar a la responsabilidad individual (guardar la distancia física constituye un compromiso social), pero sabemos que en todas las sociedades la naturaleza humana genera un porcentaje «x» de gorrones y que su imperativo biológico básico no es otro que la supervivencia individual. No hemos evolucionado más allá. Pero, podemos apoyar éticas políticas y crear instituciones basadas en ellas que minimicen estas fuerzas destructoras del vínculo social y sus efectos indeseables. De un libro que leí hace años recuerdo dos puntos esenciales: toda política debe basarse en un cálculo del sufrimiento y un cálculo del sentido (Peter L. Berger, Pirámides de sufrimiento, 1979, Sal Terrae).

Con las actitudes, el ejemplo, el espectáculo y las bases éticas de determinadas elites, no podemos avanzar muy lejos. Quienes vociferan y gritan, quienes repiten cansinamente los mismos mensajes, día tras día, son tan «ignorantes» como los demás y cooperan menos que nadie a alumbrar un futuro de esperanza. En cambio, quienes sin EPI, sin mascarillas adecuadas, improvisando, han atendido a las personas contagiadas, les han cogido las manos y acompañado en la agonía -en muchos casos, sabiendo que estaban contagiadas- y no han gritado, no se han declarado en huelga, han seguido en pie "como un junco", les han dado un soberbio ejemplo profesional sobre qué hay qué hacer y cuándo hay que hacerlo. Habrá que rescatar estas voces para la mejor democracia, aquella que está basada en los cálculos del sufrimiento y del sentido. En el citado libro, afirmaba Berger: "una política libre de valores es un absurdo". El mayor valor ahora es la vida, porque es ella lo que está en juego.