18 de mayo de 2020
18.05.2020
Levante-emv
Reflexiones

Feminismo y cultura

18.05.2020 | 21:54
Feminismo y cultura

Una noticia reciente, muy esperada en el mundo de la cultura, ha sido la entrada en vigor del Tratado de Beijing sobre Interpretaciones y Ejecuciones Audiovisuales, con el que se da cobertura a artistas, intérpretes y ejecutantes audiovisuales. Actores, actrices e intérpretes del mundo de la danza y de la música, comparten una profesión que acumula períodos álgidos de contratación con otros donde la precariedad y el olvido suele ser lo habitual. Por lo general, no tienen sueldo a largo plazo y cobran por actuación sin tener en cuenta la reproducción de sus interpretaciones en diversos medios audiovisuales. Por este motivo, aunque el tratado date de 2012 y reuniera entonces a los países miembros de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), ha sido solo con su entrada en vigor oficialmente el pasado 28 de abril, cuando se ha dado un paso adelante al mejorar considerablemente las condiciones laborales de esta profesión. En esencia, este tratado reconoce la propiedad intelectual de sus actuaciones e interpretaciones para que puedan recibir beneficios en base a los derechos de reproducción, distribución, alquiler, puesta a disposición, radiodifusión y comunicación al público. De ahí que haya sido presentado como un hito histórico.
Para enfocar bien la cuestión hay que situarse en el campo de las artes escénicas y recordar que interpretar exige un esfuerzo continuado, que precisa ejercitar el cuerpo, la memoria y la concentración para estar en buena forma y no cansarse durante una función o representación de varias horas. En este sentido, al talento debe sumarse jornadas de preparación, de técnica y de método. Es, desde luego, una profesión alejada de la pereza y de la indiferencia, donde hay que formarse permanentemente para trabajar la observación, la atención y la expresión. Aun así, gran parte de artistas reciben ingresos muy bajos y en mayor proporción mujeres que hombres. Algo que no hace más que reproducir la brecha de género que también existe en otros sectores profesionales. De hecho, la legislación española en la Ley Orgánica 3/2007, artículo 26, reconoce esta discriminación estructural para impulsar políticas activas de promoción de las mujeres en la cultura.

Precisamente fue esta situación de desigualdad la que activó el asociacionismo de mujeres creadoras para la acción cultural. Con este propósito nació en 2009 Clásicas y Modernas (Asociación para la Igualdad de Género en la Cultura). Asociación que agrupa, de manera transversal, a mujeres que proceden de diversos ámbitos de la creación con el fin de lograr la visibilidad y el reconocimiento que merecen. Mujeres que, como señaló Laura Freixas en la Asamblea General Anual de aquel año, están decididas «a no tirar la toalla y a no tomar por fracaso personal lo que es un problema colectivo». A ello hay que añadir el movimiento asociativo teatral de mujeres, como Marga Borja y Diana Raznovich, socias también de CyM. En este contexto cabe destacar que la actividad de las mujeres de la cultura, en sus diversas manifestaciones y asociaciones, no cejó en su empeño por desvelar las desigualdades de género que ocurren en las artes escénicas y que tienen que ver con el androcentrismo cultural, la brecha salarial, la dificultad por conciliar la jornada familiar y laboral, el techo de cristal, la contratación a tiempo parcial o el desempleo por larga duración. En suma, fueron las asociaciones de mujeres para la acción cultural las que dejaron al descubierto el agravamiento de las condiciones materiales y económicas por las que pasan las mujeres que se dedican a la al teatro, al cine, a la música o la danza. Una situación que se ha visto empeorada en estos momentos por la crisis de la COVID-19 y que hace más acuciante las aspiraciones de paridad en el sector cultural.

Por otra parte, si el tratado de Beijing ha sido recibido como una buena nueva, también lo es la noticia procedente del Ministerio de Universidades que anuncia una reforma legal en los nuevos planes de estudios universitarios para que incluyan, de forma obligatoria, enseñanzas relacionadas con la igualdad entre mujeres y hombres. Una propuesta que muestra una voluntad política decidida en orientar la brújula hacia una cultura democrática de paz y equidad de género. Un enfoque que se venía reclamando para favorecer, dentro de la enseñanza superior, procesos educativos con los que tomar conciencia del androcentrismo existente en las artes, las ciencias y la cultura en general. Algo de lo más pertinente al ser el escalón que faltaba para guardar coherencia con los niveles educativos que le preceden (primaria, secundaria y bachillerato) donde la igualdad ya debe de formar parte de los proyectos educativos de centro y de las programaciones curriculares. En suma, estas dos noticias han sido bienvenidas. En primer lugar, por despejar un poco más el horizonte del feminismo cultural y, en segundo lugar, por contribuir a que no se retroceda en algunos de los logros conseguidos. Y podría aventurarse que esta doble noticia, al igual que ocurre en un concierto o en un espectáculo teatral, ha sido un bis a los que el público responde con sus aplausos. En mi caso, así ha sido.

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