19 de mayo de 2020
19.05.2020
Levante-emv
Va de bo

Hacer el caldo gordo

19.05.2020 | 22:57
Hacer el caldo gordo

Contaba un viejo pedagogo español de finales del XIX una anécdota referida a ciertos decretos sobre educación aprobados por el gobierno progresista de la época. El ilustre pedagogo, creador, allá donde más pobreza había, de escuelas activas guiadas por el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia, amigo de un senador progresista, intelectual y profesor universitario, le preguntó su opinión sobre el contenido de aquellos decretos. La respuesta del senador fue contundente: «¡Qué me va a parecer, muy mal!»

- Entonces, Vd; que tanto vale, ¿por qué no lo combate?
- Por no hacer el caldo gordo a los conservadores.
Se preguntaba el pedagogo, creador de escuelas para los más pobres de los pobres en el Albaicín de Granada, si esto de la Educación no sería como una pelota en manos de los políticos, si las cuestiones de la enseñanza son cuestiones de bandos y si los pedagogos políticos han de servir ante todo al bando y después, si éste lo consiente y si a éste le conviene, podrán servir a la verdad, a la justicia y a la equidad. Y remataba su reflexión preguntándose si puede darse criterio ni hombres más ruines y legisladores más degradados que esos que así discurren y que así obran: por no hacer el caldo gordo a los rivales políticos.

Hemos asistido estos días a un apasionado debate que se ha colado entre la pesada losa de la salud pública en relación a una hipotética desaparición de los centros de educación especial. Finalmente parece que las cosas se han aclarado después de duras intervenciones y malinterpretaciones más o menos intencionadas. En el fondo ha venido a manifestarse lo que aquel viejo pedagogo español afirmaba hace más de un siglo: la necesidad de que el poder no mande sobre el saber, que el cerebro de la nación no esté a merced de cualquier aprendiz. Cualquiera que tenga una visión de futuro no puede cambiar de ley de educación conforme se cambie de gobierno. La Educación, palabra con la que tantos hoy se llenan la boca, es hoy la primera víctima de la ruindad y de la miseria. No puede usarse la Educación para enfrentar a unos españoles con otros, para dividir entre los que apuestan por la prevalencia del derecho natural de los padres sobre el Estado o del Estado sobre los padres. El padre tiene sus derechos naturales y el Estado tiene el deber de procurar que ningún niño pobre se quede sin posibilidades de alcanzar sus metas. Contraponer la enseñanza pública a la privada o concertada es atentar contra el derecho de la libertad. Todas pueden y deben convivir. Todo padre tiene derecho a guiar la educación de sus hijos, a elegir para ellos un modelo u otro. Todo padre tiene derecho a equivocarse. El deber del Estado es garantizar que todo español tenga derecho a la educación porque ese es el mejor camino hacia la igualdad social. Que pregunten a hijos de obreros que vieron crecer a sus hijos y triunfar como médicos, profesores, abogados o arquitectos. El Estado debe promover el progreso social a través de una inversión en educación acorde con las necesidades de una sociedad cambiante. Debe gestionar para que la educación no acabe anquilosada, fuera de tiempo.

Aquel pedagogo, que proclamaba la necesidad de respetar las lenguas regionales «porque los niños quizás no entiendan otra lengua, porque la aman más que puedan amar a otra lengua ya que es la que escucharon en los brazos amorosos de la madre; porque no aciertan a pensar, ni a rezar ni a hablar en otra, porque para mirar por la unidad de la nación española no es necesario matar las regiones», aquel pedagogo exigía grandeza y generosidad para que la Educación sea una cuestión que una en lo esencial: calidad y respuesta a las necesidades sociales. Y no se rebaje a aquella respuesta de actuar para no hacer el caldo gordo al rival político.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook