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Olvidar en el autocine

Hasta hace unos meses se hablaba de la difícil competencia de las sala de cine (incluso de las que tienen sillones aerodinámicos vibrantes) frente al salón doméstico monitorizado con canales de pago con un catálogo de series o de películas clásicas. Y ahora, en el desfase de las fases, empezamos a referirnos a la vuelta del autocine, lugar alternativo para esos cinéfilos a los que se les ha derrumbado su cita semanal con la gran pantalla por culpa del coronavirus. Nunca he estado en ninguno. Pero es verdad que muchos, después de ver Grease, soñaron con ser John Travolta y tener al lado a una chica como Olivia Newton-John y estar dentro de un deslumbrante auto americano. La escena de los dos en el autocine, bajo la química de un espacio público que rompía con la monotonía local, quedó en el registro de los que aspiraron a un amor mezclado con un buen perrito caliente, morreo, mucha brillantina, una chaqueta de cuero y un baile que al búnker de aquí le parecía ciertamente provocador. El autocine, que también aparece en Rebeldes, de Coppola, es inseparable del modelo de vida americano, un elemento distintivo de la felicidad capitalista frente a la precariedad española, todavía anclada en el obrerismo/campesinado y con una incipiente clase media que iba al cine, pero nunca al aire libre y menos en un descapotable. La segunda vida de los autocines tiene algo de fantasía, porque de las salas ultramodernas, de tecnología digital, creadas en grandes centros comerciales para pasar el día entero, se vuelve a esos descampados atestados de coches en hilera, donde el vehículo se convierte en la cámara acorazada ideal para evitar el contagio por el coronavirus. Y para los fetichistas, Aprendiendo de Las Vegas, el libro que enseñó a leer esa arquitectura plagada de neones, diseñada a partir de una carretera neurálgica, levantada en un sin lugar, y en la que no faltaba, junto al casino y el hotel, el autocine petado de colores brillantes y una señalética pop. Para que el cine no se convierta en un ser que agoniza a la espera de la liberación sanitaria, sería recomendable la apertura en la Isla de un autocine. Creo que sería una buena iniciativa, y también una forma de contribuir al optimismo de una sociedad deseosa de salir del recuento de muertes y de la mascarilla. Mientras tanto, nada mejor que sentirse, aunque sea a deshora, un Travolta en el día después de la pandemía. Hay que olvidar. Tambien es reconstruir.

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