31 de mayo de 2020
31.05.2020
Levante-emv

La tercera España

31.05.2020 | 19:05
La tercera España

Anda la España del siglo XXI empeñada en discutirse a sí misma, que es más o menos lo que viene sucediendo desde los tiempos de Istolacio e Indortes, héroes patrios contra los cartagineses de Amílcar Barca según aprendían nuestros abuelos en Enciclopedia de Dalmau Carles. Unos venden el paquete de las sagradas unidades culpando a las autonomías y a las lenguas regionales de todos los males habidos y por haber; gritan la discriminación hacia los autóctonos por parte de los negros que llegan en pateras muertos de hambre y frío. Suelen ser los mismos que enarbolan la bandera de la grandeza de la Historia de la patria proclamando hazañas lejanas protagonizadas por hombres de honor, en tierras de Indias o de Flandes. Los otros, igualmente fanatizados, se empeñan en proclamar las maldades de todo ello: les entra una urticaria cada vez que ven una bandera de trescientos años que identifican con un periodo en el que todo fue oscuridad sin rastro de luz alguna; reniegan hasta del nombre de la nación porque dicen que ha sido instrumentalizado por sus contrarios. Nada de lo hecho por España a lo largo de la historia parece ser de su agrado. Unos a favor del clero, de manera que todo en ellos es bueno sin rastro de mal alguno y los otros proclamando la perversa maldad que anida entre los templos y monasterios aunque estos estén vacíos. ¡Pa cojones los míos! es el lema que impera en la locura de los debates en la plaza pública. Un columnista provocador ha definido a la España de hoy, la de Pedro Sánchez, como el «coño de la Bernarda». Demos pues cumplida satisfacción a las necesidades de la tropa dominante cual profesionales del sexo. A ese nivel colocan algunos al sufrido pueblo español.

Aplastados por las opiniones en redes de una plebe que vomita sus vísceras infectadas por el odio, parecen desaparecer de la escena, escondidos, ignorados o perseguidos, aquellos que se atreven a predicar cordura, a recordar que los sentimientos son individuales y en materia política deberían estar sujetos al dominio de la Razón. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, sería una buena máxima a recordar, entendiendo que las emociones se lloran en la intimidad para salir a la plaza pública con el espíritu preparado para la concordia y la cesión en tu verdad.

Es posible, claro que lo es, una tercera España. La España de gentes como el dominico Francisco de Vitoria, un español de Burgos, nacido a finales del siglo XV, padre del derecho internacional y del derecho de gentes, fundador de la Escuela de Salamanca y lejano precursor de la Declaración de los Derechos del Hombre. Deberían leer al Padre Vitoria los que con la Cruz en la mano proclaman sus privilegios sobre Dios alentando odios y discriminaciones hacia los más pobres entre los pobres, aquellos que vienen en busca de la comida que sobra en los contenedores.

Es posible la España que nunca quiso tener conciencia de superioridad sobre pueblo alguno. Malditos sean los que vomitan odio contra otros pueblos, otras lenguas, otras personas. El odio derramado es la pólvora que prenderá el fuego de la guerra.

Hay que reivindicar la Historia de la Tercera España, de aquella que se atrevía a debatir sobre la legitimidad de la Conquista desde la Escuela de Salamanca, fundada por el religioso dominico, algo impensable en la cultura anglosajona donde nadie osaría a discutir si era o no legal arrebatar las tierras a los indígenas. De hecho estaba penado como delito de alta traición y castigado con pena de muerte. Antes de que otros pueblos nos den lecciones de democracia y derechos humanos reivindiquemos la España que no cree en la predestinación, que es la manera de sentirse moralmente superior; reivindiquemos la España que suma culturas y lenguas y no la que España de espadas, puños e imposiciones. Reivindiquemos la España que se abraza y olvida y no la España que vive de los peores recuerdos. Apostemos por la España que incluye y acoge. Esa España que fue faro de la cultura del encuentro de gentes ya existía en el siglo XVI. Hay que reivindicar la España que buscó en la Constitución de Cádiz la igualdad ante la Ley de todos los ciudadanos, que ya se proclamaba nada más y nada menos que en el Fuero Juzgo de los visigodos. Esa España que ahora parece desaparecida, temerosa pero que es alegre y optimista. Esa es la España que ha de resurgir de esta maldita pandemia para reivindicar la dignidad del hombre, que no se entiende sin su libertad; para proclamar su debilidad frente a la Naturaleza agredida; para proclamar su deseo de concordia, para impulsar la cultura del encuentro y nunca de los garrotazos. Una tercera España, la España de la cultura, de la tolerancia, de la solidaridad y del progreso. La España que con toda seguridad soñaba el poeta de las dos Españas.

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