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Tierra de nadie

Búfalo Bill

«¡Ah, las horas indecisas en las que mi vida parece haber sido la de otro€!»

Me detengo en la lectura de este verso de Álvaro de Campos. Me detengo, digo, levanto la cabeza del libro y navego un rato por la nada. Mi vida ha sido siempre la de otro. Tengo doce años, por ejemplo, y estoy en la clase de geografía. Mientras el profesor habla como un autómata en las cercanías de la pizarra, yo preparo una emboscada a una manada de búfalos. Yo soy Búfalo Bill. Pero si yo soy Búfalo Bill, ¿quién es el gilipollas que está sentado en el pupitre fingiendo seguir atentamente las explicaciones de este enseñante, pobre, que lleva un esparadrapo en la mejilla? Todavía no se han inventado las tiritas: así de mayor soy, pienso, mientras abandono el libro de Álvaro de Campos sobre mi muslo derecho. Cuando yo era pequeño no se habían inventado las tiritas ni la cinta americana, que tantos servicios nos prestan. Si te cortabas al afeitarte, te tenías que conformar con una basura de esparadrapo que ni siquiera era hipoalérgico, tampoco traspirable. Era un trozo de tela pegajosa. Punto.

Ahí está mi profesor de geografía, con su pedazo de tela autoadhesiva medio desprendido por el sudor. Nos habla de Australia, pero yo estoy en América, preparando una emboscada a un grupo de búfalos. Todavía no me he bajado del caballo. Llevo toda la vida sobre él, con el oído atento al galope brutal de los cuadrúpedos que se agolparán sin remedio en el fondo del valle, donde no encontrarán salida. Ello no me ha impedido leer a Álvaro de Campos, ni a Pessoa, su heterónimo. ¿O era al revés?

«¡Ah, las horas indecisas en las que mi vida parece haber sido la de otro€!»

En este instante, lo juro, no soy el que soy y sin embargo he de fingirlo. Si suena el teléfono y preguntan si hablan con Juan José Millás, diré que sí. Pero nada más lejos de la realidad. He vivido la vida de Juan José Millás como Pessoa tuvo que vivir la de Álvaro de Campos. Todos estamos obligados a vivir una vida que no es la nuestra. No lo fue nunca, ni siquiera entonces cuando el maldito colegio y la conjugación del verbo amar. ¿Cómo es posible que en todos estos años nadie se haya dado cuenta que voy a caballo y de que mi nombre es Búfalo Bill?

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